Lo ocurrido con las listas del PSOE en Palencia es un episodio que retrata con crudeza la degradación de la democracia interna en un partido que presume de defenderla.
La militancia palentina eligió a Álvaro Bilbao para encabezar la candidatura al Congreso con un respaldo prácticamente unánime, pero la dirección nacional decidió apartarlo y colocar en su lugar a María Luz Martínez Seijo.
La respuesta fue contundente: todos los integrantes de la lista inicialmente propuesta renunciaron a sus puestos. No es una discrepancia menor; es una rebelión contra una dirección que ha despreciado la voluntad expresada por sus propias bases.
En realidad es una rebelión contra Pedro Sánchez y su estilo de gobierno, sucio y despótico.
¿Es legal que la dirección federal modifique las candidaturas? El PSOE sostiene que sí y recuerda que sus órganos nacionales tienen competencias para hacerlo. Pero la legalidad de un procedimiento no agota su legitimidad democrática.
Si los militantes deliberan, votan y eligen, para que después una cúpula imponga su decisión sin convencer a quienes han participado, la democracia interna se convierte en una representación teatral. El voto de las bases queda reducido a un trámite y el poder real se concentra arriba, donde las decisiones se toman lejos de quienes sostienen el partido.
Lo más inquietante es que, según las informaciones publicadas, no sería la primera vez que la dirección federal desoye a la militancia palentina en la confección de las listas. La reiteración de estos conflictos alimenta la sospecha de que el aparato considera las candidaturas un patrimonio de la cúpula, antes que una expresión de la voluntad de los afiliados.
Llamarlo corrupción en sentido penal exigiría pruebas de un delito; denunciarlo como corrupción de los principios democráticos es una crítica política legítima cuando las prácticas contradicen los valores proclamados.
Palencia deja así una pregunta incómoda para el PSOE y para todos los partidos: ¿de qué sirve proclamar que la soberanía reside en los ciudadanos si ni siquiera se respeta suficientemente la voz de los propios militantes?
La democracia no consiste únicamente en celebrar elecciones, sino en aceptar la voluntad de los participantes, incluso cuando incomoda a quienes mandan.
Cuando una dirección confunde autoridad con obediencia y disciplina con sometimiento, la organización se hace autoritaria. Y cuando quienes levantan la voz terminan marchándose, el poder que gobierna el partido se tiraniza.
Francisco Rubiales
La militancia palentina eligió a Álvaro Bilbao para encabezar la candidatura al Congreso con un respaldo prácticamente unánime, pero la dirección nacional decidió apartarlo y colocar en su lugar a María Luz Martínez Seijo.
La respuesta fue contundente: todos los integrantes de la lista inicialmente propuesta renunciaron a sus puestos. No es una discrepancia menor; es una rebelión contra una dirección que ha despreciado la voluntad expresada por sus propias bases.
En realidad es una rebelión contra Pedro Sánchez y su estilo de gobierno, sucio y despótico.
¿Es legal que la dirección federal modifique las candidaturas? El PSOE sostiene que sí y recuerda que sus órganos nacionales tienen competencias para hacerlo. Pero la legalidad de un procedimiento no agota su legitimidad democrática.
Si los militantes deliberan, votan y eligen, para que después una cúpula imponga su decisión sin convencer a quienes han participado, la democracia interna se convierte en una representación teatral. El voto de las bases queda reducido a un trámite y el poder real se concentra arriba, donde las decisiones se toman lejos de quienes sostienen el partido.
Lo más inquietante es que, según las informaciones publicadas, no sería la primera vez que la dirección federal desoye a la militancia palentina en la confección de las listas. La reiteración de estos conflictos alimenta la sospecha de que el aparato considera las candidaturas un patrimonio de la cúpula, antes que una expresión de la voluntad de los afiliados.
Llamarlo corrupción en sentido penal exigiría pruebas de un delito; denunciarlo como corrupción de los principios democráticos es una crítica política legítima cuando las prácticas contradicen los valores proclamados.
Palencia deja así una pregunta incómoda para el PSOE y para todos los partidos: ¿de qué sirve proclamar que la soberanía reside en los ciudadanos si ni siquiera se respeta suficientemente la voz de los propios militantes?
La democracia no consiste únicamente en celebrar elecciones, sino en aceptar la voluntad de los participantes, incluso cuando incomoda a quienes mandan.
Cuando una dirección confunde autoridad con obediencia y disciplina con sometimiento, la organización se hace autoritaria. Y cuando quienes levantan la voz terminan marchándose, el poder que gobierna el partido se tiraniza.
Francisco Rubiales