La FIFA decidió en diciembre de 2024 que España, Portugal y Marruecos fueran los anfitriones del Mundial, pero desde entonces las circunstancias han cambiado radicalmente.
Casi cien mil invasores han violado la frontera española, con la colaboración de las fuerzas del orden marroquíes, según numerosos testimonios y pruebas.
Los hechos conocidos son demasiado graves para esconderlos debajo de una alfombra.
Ante semejante escenario, España no puede comportarse como si nada hubiera ocurrido. Ceuta es territorio español y frontera exterior de la Unión Europea. El propio comisario europeo de Interior ha insistido en que la frontera de Ceuta debe considerarse una frontera común de la UE.
Aquí no se está hablando de fútbol. Se está hablando de dignidad, soberanía y seguridad. El Mundial no puede convertirse en una gigantesca operación de propaganda destinada a transmitir al mundo una falsa imagen de armonía, mientras uno de los países organizadores mantiene una relación conflictiva con la frontera de otro de los anfitriones.
Marruecos no puede pretender los beneficios económicos, políticos y propagandísticos de compartir el mayor espectáculo deportivo del planeta con España y Portugal y, al mismo tiempo, permitir o facilitar operaciones contra la integridad territorial de otro Estado.
El fútbol no puede estar por encima de la soberanía nacional.
Por eso España debe abandonar la diplomacia de la resignación y exigir explicaciones. Y Portugal debería comprender que no se trata exclusivamente de un problema español: la defensa de las fronteras europeas afecta a todos.
La UEFA, aunque no sea quien decide directamente la organización del Mundial, tampoco debería permanecer indiferente ante una crisis que afecta a uno de sus miembros. Y la FIFA, que presentó precisamente el Mundial como una celebración de la unión, la paz y la tolerancia, tiene ahora la oportunidad de demostrar si esas palabras significan algo cuando aparecen problemas reales.
VOX ya ha defendido que España no debe compartir el Mundial con Marruecos. Esa posición merece ser debatida abiertamente. Lo que no merece España es el silencio de sus instituciones.
Si la candidatura conjunta fue concebida para simbolizar la unión entre Europa y África, los acontecimientos de Ceuta han golpeado precisamente contra ese argumento.
España no puede aceptar que se normalice una situación en la que se vulnera su frontera y después se invita al Estado vecino a celebrar conjuntamente una fiesta planetaria como si nada hubiera ocurrido.
Si España sigue adelante como "socio" de quien la invade y humilla es que ha dejado de ser una nación para convertirse en cochinera.
La FIFA debe elegir: o considera que las fronteras, la seguridad y el respeto entre los países anfitriones importan, o admite que el dinero y el espectáculo están por encima de todo.
España también debe elegir: o defiende sus fronteras y su dignidad con firmeza, o acepta que cualquier agravio puede ser compensado con una fotografía, una ceremonia y un partido de fútbol.
Ceuta no se vende por un Mundial. La soberanía española no se negocia por entradas, audiencias ni contratos publicitarios.
Si Marruecos ha cruzado una línea roja, España tiene derecho a exigir su expulsión del Mundial.
Francisco Rubiales
Casi cien mil invasores han violado la frontera española, con la colaboración de las fuerzas del orden marroquíes, según numerosos testimonios y pruebas.
Los hechos conocidos son demasiado graves para esconderlos debajo de una alfombra.
Ante semejante escenario, España no puede comportarse como si nada hubiera ocurrido. Ceuta es territorio español y frontera exterior de la Unión Europea. El propio comisario europeo de Interior ha insistido en que la frontera de Ceuta debe considerarse una frontera común de la UE.
Aquí no se está hablando de fútbol. Se está hablando de dignidad, soberanía y seguridad. El Mundial no puede convertirse en una gigantesca operación de propaganda destinada a transmitir al mundo una falsa imagen de armonía, mientras uno de los países organizadores mantiene una relación conflictiva con la frontera de otro de los anfitriones.
Marruecos no puede pretender los beneficios económicos, políticos y propagandísticos de compartir el mayor espectáculo deportivo del planeta con España y Portugal y, al mismo tiempo, permitir o facilitar operaciones contra la integridad territorial de otro Estado.
El fútbol no puede estar por encima de la soberanía nacional.
Por eso España debe abandonar la diplomacia de la resignación y exigir explicaciones. Y Portugal debería comprender que no se trata exclusivamente de un problema español: la defensa de las fronteras europeas afecta a todos.
La UEFA, aunque no sea quien decide directamente la organización del Mundial, tampoco debería permanecer indiferente ante una crisis que afecta a uno de sus miembros. Y la FIFA, que presentó precisamente el Mundial como una celebración de la unión, la paz y la tolerancia, tiene ahora la oportunidad de demostrar si esas palabras significan algo cuando aparecen problemas reales.
VOX ya ha defendido que España no debe compartir el Mundial con Marruecos. Esa posición merece ser debatida abiertamente. Lo que no merece España es el silencio de sus instituciones.
Si la candidatura conjunta fue concebida para simbolizar la unión entre Europa y África, los acontecimientos de Ceuta han golpeado precisamente contra ese argumento.
España no puede aceptar que se normalice una situación en la que se vulnera su frontera y después se invita al Estado vecino a celebrar conjuntamente una fiesta planetaria como si nada hubiera ocurrido.
Si España sigue adelante como "socio" de quien la invade y humilla es que ha dejado de ser una nación para convertirse en cochinera.
La FIFA debe elegir: o considera que las fronteras, la seguridad y el respeto entre los países anfitriones importan, o admite que el dinero y el espectáculo están por encima de todo.
España también debe elegir: o defiende sus fronteras y su dignidad con firmeza, o acepta que cualquier agravio puede ser compensado con una fotografía, una ceremonia y un partido de fútbol.
Ceuta no se vende por un Mundial. La soberanía española no se negocia por entradas, audiencias ni contratos publicitarios.
Si Marruecos ha cruzado una línea roja, España tiene derecho a exigir su expulsión del Mundial.
Francisco Rubiales