En España, el PSOE, bajo el gobierno del inmoral Sánchez, se ha transformado en un partido de matones sin respeto a la democracia, capaz de generar cloacas nauseabundas y decidido a permanecer en el poder a cualquier precio. La imagen es una de las miles que circulan por las redes contra el PSOE de Pedro Sánchez, por su deslizamiento hacia la suciedad y la tiranía.
Lo que sucede en Francia, Estados Unidos, Rusia, Francia, España y otras naciones, con sus diferencias y particularidades, revela una crisis profunda del liderazgo ético, de la democracia representativa y de la confianza ciudadana en las instituciones.
Avanzan políticos que desprecian los límites, convierten al adversario en enemigo, separan en lugar de unir, esparcen odio, tratan las leyes como obstáculos y utilizan el miedo, la propaganda y la confrontación como instrumentos de dominio.
No estamos únicamente ante una degradación del debate público, sino ante una amenaza mucho más grave: la normalización de la política de los matones, aquellos que aspiran a gobernar sin controles, mandar sin rendir cuentas y perpetuarse en el poder por encima de la voluntad libre de los ciudadanos.
Tipejos como Hitler, Stalin, Mussolini y otros tiranos sanguinarios del pasado se han convertido en modelos para una ralea de miserables matones decididos a esclavizar a los pueblos.
El matonismo político tiene una característica esencial: considera que todo está permitido cuando se persigue conservar el poder.
El español Pedro Sánchez, que preside un gobierno en teoría democrático, es uno de los matones emergentes. Acaba de afirmar que se mantendrá en el poder "si no es de una manera, será de otra".
La ética se convierte en una antigualla, la verdad en una herramienta prescindible y las promesas electorales en papel mojado. Las instituciones independientes molestan, los jueces que no obedecen se convierten en adversarios, la prensa crítica es señalada como enemiga y quienes denuncian los abusos son tratados como una amenaza.
En Rusia, donde se ha llegado a asesinar disidentes cuando son un peligro para el Kremlin y se declaran guerras de rapiña como la de Ucrania, la concentración del poder y la represión de la disidencia muestran hasta dónde puede llegar este modelo autoritario y criminal.
En Estados Unidos y en distintas democracias europeas, los conflictos en torno a la independencia institucional, la polarización y los límites del poder ejecutivo plantean desafíos que no deben confundirse con la realidad de los regímenes abiertamente represivos, pero tampoco pueden ignorarse.
El peligro comienza cuando la sociedad se acostumbra a los abusos, cuando la mentira deja de escandalizar y cuando el desprecio a las reglas democráticas se disculpa porque quien las vulnera pertenece al bando propio.
El ejemplo de España demuestra que los matones del poder no necesitan siempre abolir las elecciones, ni cerrar de golpe los parlamentos. A menudo les basta con vaciar la democracia desde dentro, debilitar los contrapesos, colonizar las instituciones, erosionar la independencia judicial y alimentar una división social que convierta cualquier crítica en una traición.
Así se construye una apariencia de legalidad bajo la que se deterioran las libertades reales. El Estado de derecho deja entonces de ser un límite para quienes gobiernan y se transforma en un instrumento que se aplica con dureza a los adversarios y con indulgencia a los aliados. La corrupción, cuando queda protegida por redes de lealtad y silencio, agrava esa deriva porque transforma el servicio público en un mecanismo de beneficio particular.
Y mientras los ciudadanos pierden confianza en la política, los dirigentes más irresponsables aprovechan el desencanto para presentarse como salvadores, hacerse millonarios, alimentar el resentimiento y reclamar todavía más poder.
La invasión de inmigrantes degradados, incapaces de integrarse y creadores de conflictos, ayuda a crear el caos que los matones necesitan para dinamitar la democracia.
Es el círculo vicioso de una democracia podrida que puede conservar sus ceremonias mientras pierde su sustancia.
Frente a esta ofensiva, las sociedades libres no pueden resignarse ni contemplar pasivamente cómo el matonismo sustituye a la política democrática. La respuesta no consiste en buscar un caudillo propio que derrote al caudillo rival, porque eso solo reproduce la enfermedad, sino en exigir instituciones independientes, justicia sin sometimiento, prensa libre, transparencia, elecciones limpias y dirigentes sometidos a las mismas leyes que los ciudadanos.
La democracia no pertenece a ningún gobernante, partido o camarilla: pertenece a los ciudadanos, y nadie tiene derecho a secuestrarla para perpetuarse en el poder. Reconquistar la democracia es la única vacuna frente al virus del matonismo.
Francia, Estados Unidos, Rusia, España y el resto del mundo afrontan realidades distintas, pero la lección es universal: cuando la fuerza sustituye a la razón, la lealtad personal desplaza a la ley y la ambición se impone a la ética, la libertad retrocede.
Los matones pueden conquistar despachos, controlar resortes del Estado y amedrentar a sus adversarios, pero solo consiguen consolidar su dominio cuando los ciudadanos dejan de defender sus derechos.
El combate decisivo de nuestro tiempo es impedir que la brutalidad se convierta en norma, la corrupción en sistema y la democracia en una fachada detrás de la cual mandan quienes no reconocen más límite que su propia ambición.
Algunos ya estamos con las armas en la mano, no pistolas ni cuchillos, sino armas de opinión, razón y verdad. En la mayoría de los casos usamos la pluma y la creatividad, que se despliegan en las redes y en las calles para recuperar la democracia y estimular la rebeldía contra los matones sin alma, merecedores de condenas perpetuas.
Francisco Rubiales
Avanzan políticos que desprecian los límites, convierten al adversario en enemigo, separan en lugar de unir, esparcen odio, tratan las leyes como obstáculos y utilizan el miedo, la propaganda y la confrontación como instrumentos de dominio.
No estamos únicamente ante una degradación del debate público, sino ante una amenaza mucho más grave: la normalización de la política de los matones, aquellos que aspiran a gobernar sin controles, mandar sin rendir cuentas y perpetuarse en el poder por encima de la voluntad libre de los ciudadanos.
Tipejos como Hitler, Stalin, Mussolini y otros tiranos sanguinarios del pasado se han convertido en modelos para una ralea de miserables matones decididos a esclavizar a los pueblos.
El matonismo político tiene una característica esencial: considera que todo está permitido cuando se persigue conservar el poder.
El español Pedro Sánchez, que preside un gobierno en teoría democrático, es uno de los matones emergentes. Acaba de afirmar que se mantendrá en el poder "si no es de una manera, será de otra".
La ética se convierte en una antigualla, la verdad en una herramienta prescindible y las promesas electorales en papel mojado. Las instituciones independientes molestan, los jueces que no obedecen se convierten en adversarios, la prensa crítica es señalada como enemiga y quienes denuncian los abusos son tratados como una amenaza.
En Rusia, donde se ha llegado a asesinar disidentes cuando son un peligro para el Kremlin y se declaran guerras de rapiña como la de Ucrania, la concentración del poder y la represión de la disidencia muestran hasta dónde puede llegar este modelo autoritario y criminal.
En Estados Unidos y en distintas democracias europeas, los conflictos en torno a la independencia institucional, la polarización y los límites del poder ejecutivo plantean desafíos que no deben confundirse con la realidad de los regímenes abiertamente represivos, pero tampoco pueden ignorarse.
El peligro comienza cuando la sociedad se acostumbra a los abusos, cuando la mentira deja de escandalizar y cuando el desprecio a las reglas democráticas se disculpa porque quien las vulnera pertenece al bando propio.
El ejemplo de España demuestra que los matones del poder no necesitan siempre abolir las elecciones, ni cerrar de golpe los parlamentos. A menudo les basta con vaciar la democracia desde dentro, debilitar los contrapesos, colonizar las instituciones, erosionar la independencia judicial y alimentar una división social que convierta cualquier crítica en una traición.
Así se construye una apariencia de legalidad bajo la que se deterioran las libertades reales. El Estado de derecho deja entonces de ser un límite para quienes gobiernan y se transforma en un instrumento que se aplica con dureza a los adversarios y con indulgencia a los aliados. La corrupción, cuando queda protegida por redes de lealtad y silencio, agrava esa deriva porque transforma el servicio público en un mecanismo de beneficio particular.
Y mientras los ciudadanos pierden confianza en la política, los dirigentes más irresponsables aprovechan el desencanto para presentarse como salvadores, hacerse millonarios, alimentar el resentimiento y reclamar todavía más poder.
La invasión de inmigrantes degradados, incapaces de integrarse y creadores de conflictos, ayuda a crear el caos que los matones necesitan para dinamitar la democracia.
Es el círculo vicioso de una democracia podrida que puede conservar sus ceremonias mientras pierde su sustancia.
Frente a esta ofensiva, las sociedades libres no pueden resignarse ni contemplar pasivamente cómo el matonismo sustituye a la política democrática. La respuesta no consiste en buscar un caudillo propio que derrote al caudillo rival, porque eso solo reproduce la enfermedad, sino en exigir instituciones independientes, justicia sin sometimiento, prensa libre, transparencia, elecciones limpias y dirigentes sometidos a las mismas leyes que los ciudadanos.
La democracia no pertenece a ningún gobernante, partido o camarilla: pertenece a los ciudadanos, y nadie tiene derecho a secuestrarla para perpetuarse en el poder. Reconquistar la democracia es la única vacuna frente al virus del matonismo.
Francia, Estados Unidos, Rusia, España y el resto del mundo afrontan realidades distintas, pero la lección es universal: cuando la fuerza sustituye a la razón, la lealtad personal desplaza a la ley y la ambición se impone a la ética, la libertad retrocede.
Los matones pueden conquistar despachos, controlar resortes del Estado y amedrentar a sus adversarios, pero solo consiguen consolidar su dominio cuando los ciudadanos dejan de defender sus derechos.
El combate decisivo de nuestro tiempo es impedir que la brutalidad se convierta en norma, la corrupción en sistema y la democracia en una fachada detrás de la cual mandan quienes no reconocen más límite que su propia ambición.
Algunos ya estamos con las armas en la mano, no pistolas ni cuchillos, sino armas de opinión, razón y verdad. En la mayoría de los casos usamos la pluma y la creatividad, que se despliegan en las redes y en las calles para recuperar la democracia y estimular la rebeldía contra los matones sin alma, merecedores de condenas perpetuas.
Francisco Rubiales