Las imágenes del papa, rodeado en España por gobernantes corruptos perseguidos por la Justicia, muchos de los cuales van a terminar, seguramente, en la cárcel, acompañarán al papa durante el resto de su pontificado.
La diplomacia vaticana, una de las mejor informadas del mundo no puede alegar ignorancia sobre el escandaloso nivel de corrupción y bajeza que envuelve hoy al gobierno español.
En un momento en que la corrupción del Gobierno socialista escandaliza a la opinión pública, llena de excrementos la vida pública española y avergüenza a España y a Europa, la visita del papa León XIV resulta profundamente inoportuna.
Si la Iglesia fuera valiente e inteligente, aplazaría la visita "sine die" por el enorme estallido de corrupción que infecta al gobierno de Sánchez.
Si finalmente decide mantener la visita, que no se quite la mascarilla ni un instante.
En lugar de llegar como voz moral independiente, la presencia papal corre el riesgo de ser instrumentalizada como un baño de legitimidad para un Ejecutivo desgastado, perseguido por la ley y ampliamente rechazado por su pueblo.
Lejos de iluminar, esta visita llega en el peor contexto posible y puede interpretarse como un aval implícito a quien necesita ser cuestionado, no fortalecido.
Pedro Sánchez sale claramente beneficiado de esta visita. La imagen del presidente junto al Pontífice, las fotos oficiales y el protocolo de Estado ofrecen un barniz de respetabilidad que contrasta brutalmente con las denuncias de corrupción, erosión institucional y ataques a la separación de poderes que pesan sobre su Gobierno.
El sanchismo, experto en operaciones de imagen, utilizará sin duda la visita papal para blanquear su gestión y presentarse como lo que no es: un actor dialogante y moderado ante la comunidad internacional.
Sánchez no se merece este beneficio político. Más bien merecería un claro reproche moral por parte de quien representa la autoridad ética de la Iglesia.
El Papa no debería servir de escudo a un político que ataca a los jueces independientes, viola la Constitución y ha normalizado la impunidad, los indultos a golpistas y la dependencia de formaciones separatistas y radicales.
En vez de silencio cómplice o gestos protocolarios, cabría esperar una reprimenda firme por la injusticia y la suciedad ética que caracteriza al sanchismo: el ataque constante al Poder Judicial, la manipulación de instituciones y el desprecio a la verdad como valor público.
Una visita pastoral no puede ignorar el daño que un Gobierno causa a la cohesión social y a la salud democrática de una nación católica.
Esta visita no solo es inoportuna, sino que resulta contraproducente para la credibilidad de la propia Iglesia.
España necesita un mensaje claro de exigencia moral, no una foto que ayude a blanquear a quien ha convertido el abuso, el cinismo y la mentira en métodos de gobierno.
Francisco Rubiales
La diplomacia vaticana, una de las mejor informadas del mundo no puede alegar ignorancia sobre el escandaloso nivel de corrupción y bajeza que envuelve hoy al gobierno español.
En un momento en que la corrupción del Gobierno socialista escandaliza a la opinión pública, llena de excrementos la vida pública española y avergüenza a España y a Europa, la visita del papa León XIV resulta profundamente inoportuna.
Si la Iglesia fuera valiente e inteligente, aplazaría la visita "sine die" por el enorme estallido de corrupción que infecta al gobierno de Sánchez.
Si finalmente decide mantener la visita, que no se quite la mascarilla ni un instante.
En lugar de llegar como voz moral independiente, la presencia papal corre el riesgo de ser instrumentalizada como un baño de legitimidad para un Ejecutivo desgastado, perseguido por la ley y ampliamente rechazado por su pueblo.
Lejos de iluminar, esta visita llega en el peor contexto posible y puede interpretarse como un aval implícito a quien necesita ser cuestionado, no fortalecido.
Pedro Sánchez sale claramente beneficiado de esta visita. La imagen del presidente junto al Pontífice, las fotos oficiales y el protocolo de Estado ofrecen un barniz de respetabilidad que contrasta brutalmente con las denuncias de corrupción, erosión institucional y ataques a la separación de poderes que pesan sobre su Gobierno.
El sanchismo, experto en operaciones de imagen, utilizará sin duda la visita papal para blanquear su gestión y presentarse como lo que no es: un actor dialogante y moderado ante la comunidad internacional.
Sánchez no se merece este beneficio político. Más bien merecería un claro reproche moral por parte de quien representa la autoridad ética de la Iglesia.
El Papa no debería servir de escudo a un político que ataca a los jueces independientes, viola la Constitución y ha normalizado la impunidad, los indultos a golpistas y la dependencia de formaciones separatistas y radicales.
En vez de silencio cómplice o gestos protocolarios, cabría esperar una reprimenda firme por la injusticia y la suciedad ética que caracteriza al sanchismo: el ataque constante al Poder Judicial, la manipulación de instituciones y el desprecio a la verdad como valor público.
Una visita pastoral no puede ignorar el daño que un Gobierno causa a la cohesión social y a la salud democrática de una nación católica.
Esta visita no solo es inoportuna, sino que resulta contraproducente para la credibilidad de la propia Iglesia.
España necesita un mensaje claro de exigencia moral, no una foto que ayude a blanquear a quien ha convertido el abuso, el cinismo y la mentira en métodos de gobierno.
Francisco Rubiales