Europa entera observa con pavor el experimento sanchista. Lo que ocurre en las ciudades españolas —barrios convertidos en zonas de exclusión donde la ley española ha sido sustituida por la ley de la navaja y la jungla— es el avance de un modelo que Sánchez ha exportado como ejemplo.
Miles de inmigrantes sin control, entre los que se cuelan sistemáticamente violentos, violadores reincidentes y asesinos, están transformando plazas y calles en escenarios de terror cotidiano.
Los datos de agresiones sexuales, ocupaciones, trapicheo y disturbios ya no pueden ocultarse. El efecto llamada no es un accidente: es una política de Estado que prioriza el cálculo electoral y la ideología multicultural frente a la seguridad de los ciudadanos europeos.
Los políticos como Sánchez se niegan a asumir responsabilidades por esta brutal fechoría. Se escudan en eufemismos (“diversidad”, “acogida humanitaria”) mientras las familias españolas entierran a sus hijos o ven cómo sus hijas no pueden volver solas a casa.
Han emputecido Europa y su vieja cultura humanística, madre de la libertad, la democracia, los derechos individuales y el Estado de Derecho.
Han sustituido la integración por la invasión, la asimilación por el gueto paralelo y la ley igual para todos por la sumisión ante la barbarie importada.
Lo que estamos viviendo no es mala suerte ni fatalidad: es consecuencia previsible de abrir las puertas sin control a poblaciones con tasas de criminalidad desproporcionadas y valores incompatibles con los nuestros.
La Justicia, tarde o temprano, terminará fulminando esta irresponsabilidad histórica. Porque no se puede llenar un país de dinamita humana y luego hacerse el sorprendido cuando explota.
Sánchez y sus colaboradores han traicionado el primer deber de cualquier gobernante: proteger a sus propios ciudadanos.
La sangre derramada clama responsabilidad. Y los españoles que la padecen cada día ya saben a quién señalar cuando se preguntan por qué sus ciudades se están convirtiendo en infiernos.
El experimento multicultural radical tiene nombre y apellidos: se llama sanchismo, y está cobrando un precio en vidas y seguridad que ningún pueblo civilizado debería pagar.
Francisco Rubiales
Miles de inmigrantes sin control, entre los que se cuelan sistemáticamente violentos, violadores reincidentes y asesinos, están transformando plazas y calles en escenarios de terror cotidiano.
Los datos de agresiones sexuales, ocupaciones, trapicheo y disturbios ya no pueden ocultarse. El efecto llamada no es un accidente: es una política de Estado que prioriza el cálculo electoral y la ideología multicultural frente a la seguridad de los ciudadanos europeos.
Los políticos como Sánchez se niegan a asumir responsabilidades por esta brutal fechoría. Se escudan en eufemismos (“diversidad”, “acogida humanitaria”) mientras las familias españolas entierran a sus hijos o ven cómo sus hijas no pueden volver solas a casa.
Han emputecido Europa y su vieja cultura humanística, madre de la libertad, la democracia, los derechos individuales y el Estado de Derecho.
Han sustituido la integración por la invasión, la asimilación por el gueto paralelo y la ley igual para todos por la sumisión ante la barbarie importada.
Lo que estamos viviendo no es mala suerte ni fatalidad: es consecuencia previsible de abrir las puertas sin control a poblaciones con tasas de criminalidad desproporcionadas y valores incompatibles con los nuestros.
La Justicia, tarde o temprano, terminará fulminando esta irresponsabilidad histórica. Porque no se puede llenar un país de dinamita humana y luego hacerse el sorprendido cuando explota.
Sánchez y sus colaboradores han traicionado el primer deber de cualquier gobernante: proteger a sus propios ciudadanos.
La sangre derramada clama responsabilidad. Y los españoles que la padecen cada día ya saben a quién señalar cuando se preguntan por qué sus ciudades se están convirtiendo en infiernos.
El experimento multicultural radical tiene nombre y apellidos: se llama sanchismo, y está cobrando un precio en vidas y seguridad que ningún pueblo civilizado debería pagar.
Francisco Rubiales