No se trata de conflictos aislados; es una campaña sistemática contra comunidades cristianas, que representan casi la mitad de la población nigeriana.
Y los asesinatos no se producen sólo en Nigeria. En Burkina Faso, República Democrática del Congo, Pakistán, India y Siria, miles de cristianos sufren violencia letal, secuestros y discriminación extrema.
Más de 388 millones de fieles viven hoy bajo niveles altos o extremos de persecución. Es una crisis global que clama al cielo, pero ante la cual la respuesta de la Iglesia Católica y de su máximo líder ha sido tibia, protocolaria y, en el fondo, cobarde.
El papa León XIV ha lamentado en alguna ocasión los ataques y ha recibido a obispos nigerianos, pero sus palabras se han limitado a oraciones genéricas, expresiones de “tristeza” y llamamientos abstractos a la paz, sin la denuncia profética, contundente y pública que exigiría la gravedad del crimen.
No ha calificado estos hechos como lo que son: una persecución sistemática rayana en el genocidio. No ha exigido al Gobierno nigeriano ni a la comunidad internacional medidas concretas, ni ha convocado a la Iglesia universal a una jornada de oración y acción masiva.
Mientras el Papa alza la voz con fuerza sobre migración, cambio climático o cuestiones sociales del primer mundo, el silencio relativo ante la sangre de sus hermanos en África y Asia resulta escandaloso. Esa cobardía institucional traiciona el mandato evangélico de defender a los más débiles y denuncia la hipocresía de una Iglesia que prefiere no incomodar a gobiernos o perder influencia diplomática.
Peor aún es la corrupción moral y material que pudre la jerarquía católica. Mientras miles de cristianos nigerianos son degollados, quemados vivos o expulsados de sus tierras, obispos y cardenales de todo el mundo viven en palacetes, residencias de lujo y apartamentos de cientos de metros cuadrados, pagados con las ofrendas de los fieles.
La indiferencia cobarde frente a los asesinatos de cristianos no es el único drama de la jerarquía católica actual. También es indiferente y no denuncia la agresión que representan las invasiones masivas de inmigrantes sin control, el serio deterioro de la cultura europea ante las invasión masiva de musulmanes con espíritu de conquista y el sufrimiento de muchos pueblos sometidos a la tiranía e infectados por la corrupción de sus gobiernos.
El escándalo de los fondos vaticanos desviados a propiedades millonarias en Londres, los penthouses de cardenales como el exsecretario de Estado Bertone o las mansiones de prelados en Roma y en otras diócesis ricas son solo la punta del iceberg.
La Curia y buena parte del episcopado mundial se han convertido en una clase dirigente alejada del pueblo, más preocupada por sus privilegios, sus limusinas y sus cuentas bancarias que por el sufrimiento real de sus ovejas. ¿Cómo pueden predicar la pobreza evangélica desde residencias que avergonzarían a cualquier multimillonario?
Los cristianos perseguidos no piden limosna: exigen que sus pastores hablen con la misma fuerza con la que Cristo denunció a los escribas y fariseos.
Si la Iglesia no se pone del lado de los crucificados de Nigeria, ¿qué queda de su mensaje? La sangre de los mártires clama justicia, y el mundo observa con incredulidad cómo quienes deberían ser su voz prefieren el mutismo y el confort.
Francisco Rubiales
Y los asesinatos no se producen sólo en Nigeria. En Burkina Faso, República Democrática del Congo, Pakistán, India y Siria, miles de cristianos sufren violencia letal, secuestros y discriminación extrema.
Más de 388 millones de fieles viven hoy bajo niveles altos o extremos de persecución. Es una crisis global que clama al cielo, pero ante la cual la respuesta de la Iglesia Católica y de su máximo líder ha sido tibia, protocolaria y, en el fondo, cobarde.
El papa León XIV ha lamentado en alguna ocasión los ataques y ha recibido a obispos nigerianos, pero sus palabras se han limitado a oraciones genéricas, expresiones de “tristeza” y llamamientos abstractos a la paz, sin la denuncia profética, contundente y pública que exigiría la gravedad del crimen.
No ha calificado estos hechos como lo que son: una persecución sistemática rayana en el genocidio. No ha exigido al Gobierno nigeriano ni a la comunidad internacional medidas concretas, ni ha convocado a la Iglesia universal a una jornada de oración y acción masiva.
Mientras el Papa alza la voz con fuerza sobre migración, cambio climático o cuestiones sociales del primer mundo, el silencio relativo ante la sangre de sus hermanos en África y Asia resulta escandaloso. Esa cobardía institucional traiciona el mandato evangélico de defender a los más débiles y denuncia la hipocresía de una Iglesia que prefiere no incomodar a gobiernos o perder influencia diplomática.
Peor aún es la corrupción moral y material que pudre la jerarquía católica. Mientras miles de cristianos nigerianos son degollados, quemados vivos o expulsados de sus tierras, obispos y cardenales de todo el mundo viven en palacetes, residencias de lujo y apartamentos de cientos de metros cuadrados, pagados con las ofrendas de los fieles.
La indiferencia cobarde frente a los asesinatos de cristianos no es el único drama de la jerarquía católica actual. También es indiferente y no denuncia la agresión que representan las invasiones masivas de inmigrantes sin control, el serio deterioro de la cultura europea ante las invasión masiva de musulmanes con espíritu de conquista y el sufrimiento de muchos pueblos sometidos a la tiranía e infectados por la corrupción de sus gobiernos.
El escándalo de los fondos vaticanos desviados a propiedades millonarias en Londres, los penthouses de cardenales como el exsecretario de Estado Bertone o las mansiones de prelados en Roma y en otras diócesis ricas son solo la punta del iceberg.
La Curia y buena parte del episcopado mundial se han convertido en una clase dirigente alejada del pueblo, más preocupada por sus privilegios, sus limusinas y sus cuentas bancarias que por el sufrimiento real de sus ovejas. ¿Cómo pueden predicar la pobreza evangélica desde residencias que avergonzarían a cualquier multimillonario?
Los cristianos perseguidos no piden limosna: exigen que sus pastores hablen con la misma fuerza con la que Cristo denunció a los escribas y fariseos.
Si la Iglesia no se pone del lado de los crucificados de Nigeria, ¿qué queda de su mensaje? La sangre de los mártires clama justicia, y el mundo observa con incredulidad cómo quienes deberían ser su voz prefieren el mutismo y el confort.
Francisco Rubiales