Información y Opinión

La islamofobia se dispara en Europa



Millones de europeos están hartos de los abusos de algunos inmigrantes, sobre todo de los musulmanes radicales intransigentes.

Europa reacciona y se rebela ante esos abusos, lo que hace crecer un ambiente peligroso y conflictivo.

La reacción gana fuerza cada día ante la delincuencia, la hostilidad y la intransigencia de muchos de los que llegan y rechazan la cultura que les acoge.

A esa reacción creciente de los europeos le llaman "Islamofobia".
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Muchos musulmanes expresan sorpresa y victimismo ante lo que llaman el auge de la “islamofobia” en toda Europa.

Sin embargo, esa reacción resulta ingenua o deliberadamente ciega porque el rechazo creciente no nace de prejuicios irracionales ni de racismo atávico, sino de una realidad acumulada de delitos, atentados y fracasos de integración protagonizados de forma desproporcionada por sectores de comunidades procedentes de países de mayoría musulmana.

Muchos europeos se sublevan contra el auge del islam y rechazan su cultura hostil y a veces violenta.

En la ciudad española de Sevilla, la oposición popular ha provocado que el ayuntamiento vete la construcción de una gran mezquita. Ejemplos como este cada día crecen por toda Europa.

Los europeos han visto cómo olas migratorias masivas, especialmente desde 2015, trajeron consigo patrones de criminalidad y culturalmente incompatibles que erosionaron la confianza pública.

Etiquetar cualquier crítica como “odio” es un mecanismo de defensa que evita enfrentar las causas reales.

Los datos oficiales hablan por sí solos. En Alemania, los informes del BKA sobre criminalidad en contexto de inmigración muestran una sobrerrepresentación clara de personas de nacionalidades como Siria, Afganistán, Irak, Argelia o Marruecos en delitos violentos, robos y agresiones sexuales.

En Suecia y otros países nórdicos, inmigrantes de origen no occidental (en gran medida de países musulmanes) concentran porcentajes muy elevados de condenas por violación.

En Reino Unido, las bandas de “grooming gangs” que abusaron sistemáticamente de miles de niñas vulnerables en Rotherham, Rochdale, Telford y otras ciudades estuvieron dominadas por hombres de origen paquistaní musulmán, un patrón documentado en múltiples investigaciones y que las autoridades tardaron años en reconocer por miedo a ser acusadas de racismo.

A estos crímenes se suman los atentados yihadistas (Bataclan, Manchester, Niza, Barcelona, etc.) casi siempre justificados con referencias al islam radical.

La incapacidad o negativa a integrarse agrava el problema hasta niveles insoportables.

En Francia existen cientos de “zones urbaines sensibles” donde la policía tiene dificultades para operar y donde rigen normas paralelas inspiradas en el islam.

En Alemania y Suecia proliferan barrios problemáticos con alta concentración de inmigrantes musulmanes, altos índices de dependencia de ayudas sociales, segregación residencial y rechazo a los valores occidentales básicos (igualdad de género, libertad de expresión, secularismo).

Encuestas como las de Pew han revelado en distintas comunidades musulmanas europeas porcentajes significativos que apoyan la aplicación de la sharia en asuntos familiares o incluso penales, o que mantienen actitudes incompatibles con la sociedad liberal.

La formación de sociedades paralelas, con mezquitas radicales, consejos de sharia extraoficiales y presión social contra la asimilación, no es un invento de la “extrema derecha”: es una realidad reconocida incluso por informes policiales y académicos que hablan de “pérdida de control” en ciertas zonas.

Ante este panorama, el creciente rechazo europeo no es un odio irracional que haya que lamentar, sino una respuesta merecida.

Los ciudadanos ven cómo sus barrios cambian, cómo aumentan ciertos delitos, cómo se erosionan las costumbres y la seguridad, y cómo parte de las comunidades afectadas o sus líderes prefieren victimizarse o exigir más concesiones antes que condenar sin ambigüedades el extremismo y priorizar la integración plena.

Culpar exclusivamente a la “islamofobia” o al “racismo estructural” es una excusa que impide soluciones reales: control estricto de la inmigración, deportación de delincuentes y radicales, exigencia de asimilación cultural y fin de las políticas multiculturales que han fracasado estrepitosamente.

Europa no se está volviendo “islamófoba” por capricho; se está defendiendo porque amplios sectores de estas comunidades se han ganado a pulso la desconfianza y el hartazgo con su comportamiento colectivo.

La sorpresa de algunos musulmanes solo demuestra lo desconectados que están de la realidad que ellos mismos han contribuido a crear.

Francisco Rubiales

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Martes, 21 de Julio 2026
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