La etapa de la declaración de la renta ha arrancado en España con el anuncio triunfal de una recaudación récord, pero bajo un manto de sospecha que lo pudre todo. Los contribuyentes españoles, exhaustos de tanto esfuerzo, entregan sus dineros a un Estado que no ha logrado aprobar unos presupuestos generales, dejando en la más absoluta opacidad el destino de cada euro recaudado.
¿A dónde irán a parar esos fondos? Nadie lo sabe. Esta no es una mera irregularidad administrativa; es el síntoma de un régimen que ha hecho de la improvisación y el abuso su modus operandi.
La sospecha se ha instalado como moneda de cambio en la relación entre el contribuyente y el recaudador. No hay confianza porque no la merecen. Los mismos que predican la solidaridad fiscal son los que han convertido Hacienda en un instrumento de castigo selectivo contra disidentes y un escudo protector para los suyos.
Sin presupuestos aprobados, el Gobierno opera en una especie de limbo legal que invita a la malversación descarada. Los españoles entregan su sudor y su sangre a un sistema que no rinde cuentas claras, mientras los escándalos se multiplican y la opacidad se institucionaliza.
La fiscalidad del sanchismo no es progresiva: es expoliadora, arbitraria y podrida hasta la médula. Basta con mirar el espectáculo repugnante de las queridas del ministro Ábalos desfilando ante los jueces para entender la profundidad del lodazal. Ahí está la prueba viva de que el sanchismo no es un Gobierno, sino una orgía de corrupción y abuso institucionalizado.
Mientras los ciudadanos aprietan el cinturón para cumplir con sus obligaciones tributarias, los privilegiados del régimen se reparten prebendas, comisiones y favores en un carnaval de impunidad que avergüenza a cualquier demócrata.
Las declaraciones judiciales de esas mujeres son el espejo en el que se refleja la podredumbre moral de un poder que ha hecho del enchufe, el cohecho y la malversación su forma de gobernar.
El sanchismo ha degradado la fiscalidad española hasta convertirla en un instrumento de saqueo consentido. Los españoles no pagan impuestos para financiar un Estado eficiente; los pagan para sostener una maquinaria de clientelismo, derroche y corrupción que se ríe en su cara.
Sin presupuestos, sin transparencia y con un historial de escándalos que ya no caben en los titulares, la única conclusión posible es que esta fiscalidad está podrida de raíz. Es hora de que los contribuyentes exijan lo que es suyo: no más dinero ciego, no más confianza ciega y, sobre todo, no más sanchismo.
La orgía ha durado demasiado.
Francisco Rubiales
¿A dónde irán a parar esos fondos? Nadie lo sabe. Esta no es una mera irregularidad administrativa; es el síntoma de un régimen que ha hecho de la improvisación y el abuso su modus operandi.
La sospecha se ha instalado como moneda de cambio en la relación entre el contribuyente y el recaudador. No hay confianza porque no la merecen. Los mismos que predican la solidaridad fiscal son los que han convertido Hacienda en un instrumento de castigo selectivo contra disidentes y un escudo protector para los suyos.
Sin presupuestos aprobados, el Gobierno opera en una especie de limbo legal que invita a la malversación descarada. Los españoles entregan su sudor y su sangre a un sistema que no rinde cuentas claras, mientras los escándalos se multiplican y la opacidad se institucionaliza.
La fiscalidad del sanchismo no es progresiva: es expoliadora, arbitraria y podrida hasta la médula. Basta con mirar el espectáculo repugnante de las queridas del ministro Ábalos desfilando ante los jueces para entender la profundidad del lodazal. Ahí está la prueba viva de que el sanchismo no es un Gobierno, sino una orgía de corrupción y abuso institucionalizado.
Mientras los ciudadanos aprietan el cinturón para cumplir con sus obligaciones tributarias, los privilegiados del régimen se reparten prebendas, comisiones y favores en un carnaval de impunidad que avergüenza a cualquier demócrata.
Las declaraciones judiciales de esas mujeres son el espejo en el que se refleja la podredumbre moral de un poder que ha hecho del enchufe, el cohecho y la malversación su forma de gobernar.
El sanchismo ha degradado la fiscalidad española hasta convertirla en un instrumento de saqueo consentido. Los españoles no pagan impuestos para financiar un Estado eficiente; los pagan para sostener una maquinaria de clientelismo, derroche y corrupción que se ríe en su cara.
Sin presupuestos, sin transparencia y con un historial de escándalos que ya no caben en los titulares, la única conclusión posible es que esta fiscalidad está podrida de raíz. Es hora de que los contribuyentes exijan lo que es suyo: no más dinero ciego, no más confianza ciega y, sobre todo, no más sanchismo.
La orgía ha durado demasiado.
Francisco Rubiales