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La depresión de Zapatero



José Luis Rodríguez Zapatero ha penetrado en una profunda depresión, consecuencia directa de su imputación y del horrendo futuro que se le avecina como presunto delincuente.

El expresidente, que durante años paseó por el mundo como paladín de la ética y la paz, hoy se enfrenta al calvario de tener que responder ante los jueces por actos que se revelan como corruptos y criminales.

Su reputación como dirigente político y como persona está destrozada.
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La negociación de Zapatero con ETA fue una rendición de España ante el crimen. En la imagen Zapatero y Otegui, el tóxico y el agente del crimen
La imputación en casos como Plus Ultra, las joyas de alto valor encontradas en su despacho y las investigaciones por tráfico de influencias y blanqueo han derrumbado la máscara.

Ya no es el estadista sereno del pasado, admirado como faro ético por la ciega izquierda española, sino un hombre acosado por la realidad que él mismo creó, viendo cómo sus decisiones pasadas regresan convertidas en delitos que amenazan con arrastrarlo ante un tribunal.

La prensa ha recogido el hondo abatimiento de Zapatero, un hundimiento moral que trasciende lo político. Sánchez, preocupado por esta depresión, habría encargado a sus fieles más cercanos que lo vigilen estrechamente para evitar errores en momentos tan delicados.

El temor no es humanitario, sino práctico: que el expresidente, en un momento de flaqueza, hable demasiado y revele secretos que para el sanchismo son muy peligrosos.

Porque Zapatero no solo conoce los entresijos de su propia época; también ha sido testigo y partícipe de la maquinaria que Sánchez ha perfeccionado.

Un desliz suyo podría abrir grietas irreversibles en el muro de impunidad que sostiene al actual presidente.

Esta vigilancia interna evidencia el pánico que reina en las alturas del PSOE.

Zapatero ya no es un activo; se ha convertido en un riesgo.

Sus silencios forzados, sus apariciones cada vez más erráticas y su visible deterioro psicológico son la prueba de que la justicia, aunque lenta, avanza.

Lo que comenzó como investigaciones puntuales se ha transformado en un cerco que obliga al expresidente a confrontar la diferencia entre el relato heroico que construyó y la cruda realidad de presuntas tramas de corrupción con vínculos internacionales.

España asiste atónita al espectáculo de un expresidente hundido y un sucesor que lo vigila como a un testigo peligroso.

Zapatero pagará en vida lo que otros solo sufrieron en los libros de historia. Su calvario judicial no es solo personal: simboliza el fin de una era de impunidad socialista que Sánchez ha intentado prolongar por todos los medios.

La depresión de Zapatero no es un drama privado; es la imagen más cruda del precio que tarde o temprano cobra la corrupción cuando la Justicia, por fin, llama a la puerta.

Francisco Rubiales

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Miércoles, 8 de Julio 2026
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