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La cobarde iglesia española no se atreve a condenar el socialismo



La Iglesia católica española guarda un silencio clamoroso ante el socialismo, a pesar de que este se declara ateo de forma programática y sostiene el aborto como derecho fundamental.

Muchos cristianos, escandalizados ante el silencio de los obispos y sacerdotes católicos, exigen que la Iglesia predique con verdad sobre este importante asunto.

Ese mutismo contrasta con la doctrina secular de la Iglesia, que no ha dudado en señalar la incompatibilidad radical entre socialismo y cristianismo. Pío XI lo dejó escrito sin ambigüedades en Quadragesimo Anno: «Socialismo religioso y socialismo cristiano son términos contradictorios; nadie puede ser a la vez un buen católico y un verdadero socialista».

Ahora, en vísperas de unas elecciones vitales, en las que España se juega seguir siendo una democracia libre o una dictadura de esclavos, es la hora de condenar el socialismo con la misma contundencia con que la Iglesia condena otras ideologías incompatibles con el Evangelio.
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Dos doctrinas incompatibles
La Conferencia Episcopal y la mayoría de los púlpitos evitan nombrar el socialismo como sistema opuesto al Evangelio, prefiriendo condenas genéricas o silencios estratégicos.

Marx describió la religión no solo como un engaño, sino como una expresión de la miseria real y una protesta contra ella: "el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo sin corazón", conocida popularmente como el "opio del pueblo".

Con el tiempo han surgido interpretaciones que buscaron vincular ambos pensamientos —como la teología de la liberación en el siglo XX o Cristianos por el socialismo, en España—, las cuales quisieron hacer compatible lo que, según la doctrina de la misma Iglesia, es metafísicamente incompatible.

Las contradicciones son insalvables. Cristo predicó el amor al prójimo, no la lucha de clases como motor de la historia; defendió la dignidad de cada persona como imagen de Dios, no su reducción a materia y fuerza de trabajo.

El socialismo clásico niega la propiedad privada legítima —que León XIII en Rerum Novarum y la tradición bíblica reconocen como derecho natural derivado del trabajo y la familia— y pretende que el Estado absorba lo que la Iglesia reserva a la persona, la familia y las asociaciones intermedias (principio de subsidiariedad).

El socialismo defiende el aborto, que la Iglesia considera un atentado directo contra la vida inocente. El Catecismo de la Iglesia Católica reitera el rechazo a las ideologías totalitarias y ateas asociadas al comunismo o al socialismo.

Pretender que «Cristianos por el Socialismo» o equivalentes contemporáneos armonizan ambos mundos es una contradicción en los términos, no un diálogo fecundo.

Con casi 23.000 parroquias en España (22.922 según la Memoria de Actividades de la Conferencia Episcopal de 2024), y casi 60.000 púlpitos en total, la Iglesia dispone de una red de influencia sin parangón en el país. Sin embargo, esa fuerza potencial se frena.

Los Acuerdos de 1979 con la Santa Sede otorgan exenciones fiscales sustanciales —sobre el IBI de templos, residencias del clero y locales pastorales, y otras sobre renta, patrimonio y sucesiones cuando se destinan al culto o la caridad—. Aunque en 2023 se renunció a algunas (ICIO y contribuciones especiales) para equipararse a otras entidades sin ánimo de lucro, el entramado de privilegios y la asignación tributaria voluntaria crean dependencia y cautela.

El complejo histórico postfranquista, la presencia de sectores progresistas dentro del clero y el temor a ser tachados de «derechistas» o a perder influencia ante un Estado y unos medios hostiles pesan más que la claridad doctrinal.

El resultado es una Iglesia que denuncia males sociales concretos pero esquiva la condena frontal de la ideología que sostiene y agrava esos males.

Los privilegios y exenciones no deben convertirse en un freno para decir la verdad; al contrario, la independencia real exigiría renunciar a cualquier atadura que silencie el anuncio.

Desde sus púlpitos, la Iglesia española tiene la capacidad de formar conciencias y de recordar, como hicieron los Papas, que el error antropológico del socialismo —su visión materialista y colectivista del hombre— contradice el mensaje de Cristo sobre la persona libre, responsable y llamada a la trascendencia.

Callar no es prudencia pastoral; es incoherencia. La fidelidad al Evangelio exige claridad, no acomodación.

Francisco Rubiales

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Lunes, 12 de Octubre 2026
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