Las grandes potencias han decidido imponer su voluntad y poder en el mundo
Aunque muchos creen lo contrario, la captura del dictador Maduro no ha potenciado la libertad, ni el verdadero progreso, sino que nos ha hecho a todos más vulnerables frente a los poderosos del mundo.
Lo ocurrido en Venezuela nos empuja a pensar que el mundo ha abierto una nueva etapa en la que los fuertes han decidido imponer su poder a los débiles. La selva avanza y domina ya una política mundial, donde las grandes potencias pueden, si quieren, repartirse el mundo, cercenando libertades y arrebatando riquezas.
La captura de Nicolás Maduro, por tentadora que resulte como victoria moral contra un tirano responsable de torturas, asesinatos y de financiar redes de corrupción en la izquierda mundial, no debería ser motivo de euforia desmedida. Celebrarla equivale a aplaudir esa norma brutal que solo favorece a quienes ostentan un poder militar y económico abrumador.
Para los países medianos, como España, acostumbrados a navegar entre gigantes, esa regla no es liberación sino amenaza: hoy cae un dictador incómodo para Washington, mañana podría tocarle a cualquier gobierno que moleste a la hiperpotencia de turno. La justicia selectiva no es justicia, sino imposición disfrazada.
A nosotros, españoles, no nos beneficia en absoluto un mundo donde las decisiones trascendentales se toman en bases militares lejanas y se ejecutan con drones y fuerzas especiales, sin rendir cuentas ante nadie. Nuestra historia reciente nos ha enseñado que la neutralidad aparente no protege cuando los grandes deciden redibujar el tablero.
Hemos visto cómo intereses ajenos han condicionado nuestra política exterior, nuestra economía y hasta nuestra seguridad. Seguir aplaudiendo intervenciones unilaterales nos convierte en cómplices pasivos de un orden que, tarde o temprano, nos pasará factura.
Es hora de abandonar la ingenuidad y reconocer que la selva global no admite espectadores inocentes.
El debate que España necesita con urgencia no es si Maduro merece o no su destino, sino qué lugar queremos ocupar en ese ecosistema salvaje: ¿seremos lobos capaces de defender ferozmente nuestros intereses, chacales oportunistas que sobrevivan a costa de carroña, o simples ovejas esperando el próximo pastor armado?
Ni el Gobierno ni la oposición deberían seguir eludiendo esta decisión esencial. De ella depende si conservaremos soberanía real o nos convertiremos en peones prescindibles de ajedrez ajeno.
Abrir los ojos ya no es opción; es obligación ineludible para garantizar nuestro futuro.
Francisco Rubiales
Lo ocurrido en Venezuela nos empuja a pensar que el mundo ha abierto una nueva etapa en la que los fuertes han decidido imponer su poder a los débiles. La selva avanza y domina ya una política mundial, donde las grandes potencias pueden, si quieren, repartirse el mundo, cercenando libertades y arrebatando riquezas.
La captura de Nicolás Maduro, por tentadora que resulte como victoria moral contra un tirano responsable de torturas, asesinatos y de financiar redes de corrupción en la izquierda mundial, no debería ser motivo de euforia desmedida. Celebrarla equivale a aplaudir esa norma brutal que solo favorece a quienes ostentan un poder militar y económico abrumador.
Para los países medianos, como España, acostumbrados a navegar entre gigantes, esa regla no es liberación sino amenaza: hoy cae un dictador incómodo para Washington, mañana podría tocarle a cualquier gobierno que moleste a la hiperpotencia de turno. La justicia selectiva no es justicia, sino imposición disfrazada.
A nosotros, españoles, no nos beneficia en absoluto un mundo donde las decisiones trascendentales se toman en bases militares lejanas y se ejecutan con drones y fuerzas especiales, sin rendir cuentas ante nadie. Nuestra historia reciente nos ha enseñado que la neutralidad aparente no protege cuando los grandes deciden redibujar el tablero.
Hemos visto cómo intereses ajenos han condicionado nuestra política exterior, nuestra economía y hasta nuestra seguridad. Seguir aplaudiendo intervenciones unilaterales nos convierte en cómplices pasivos de un orden que, tarde o temprano, nos pasará factura.
Es hora de abandonar la ingenuidad y reconocer que la selva global no admite espectadores inocentes.
El debate que España necesita con urgencia no es si Maduro merece o no su destino, sino qué lugar queremos ocupar en ese ecosistema salvaje: ¿seremos lobos capaces de defender ferozmente nuestros intereses, chacales oportunistas que sobrevivan a costa de carroña, o simples ovejas esperando el próximo pastor armado?
Ni el Gobierno ni la oposición deberían seguir eludiendo esta decisión esencial. De ella depende si conservaremos soberanía real o nos convertiremos en peones prescindibles de ajedrez ajeno.
Abrir los ojos ya no es opción; es obligación ineludible para garantizar nuestro futuro.
Francisco Rubiales