Información y Opinión

La Justicia, en España, no es igual para todos. El privilegio de los poderosos.



Una de las grandes vergüenzas de España como nación es que existen dos justicias, una blanda y tolerante para los poderosos y otra dura e implacable para los ciudadanos comunes.

Con ese drama a cuestas, la democracia española es repugnante y los ciudadanos, indignados, sienten deseos de rebelarse contra un sistema asquerosamente injusto.
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Los españoles no conocen ni la mitad de los privilegios que disfrutan los políticos, que los ocultan porque les avergüenza que sean conocidos: habitaciones especiales en hospitales, exenciones fiscales, fondos reservados, intervenciones sin listas de espera, una justicia benévola, etc.

En cualquier democracia sana, la ley debe aplicarse por igual al presidente, al ex presidente, a su familia y al ciudadano de a pie, pero en España, esa premisa básica se ha convertido en una aspiración lejana e inalcanzable.

Los casos de José Luis Rodríguez Zapatero y Pedro Sánchez, junto con los de sus entornos más cercanos, ilustran con crudeza cómo los políticos y sus allegados disfrutan de un tratamiento diferencial: dilaciones, recursos infinitos, defensas institucionales, a veces pagadas con recursos públicos y, en muchos casos, una impunidad que un ciudadano común jamás obtendría.

El caso de Zapatero, el primer expresidente imputado por corrupción se ha convertido en un escándalo insufrible. Las comisiones cobradas, el tráfico de influencia, la riqueza y las joyas acumuladas y un mar de trucos, mentiras y oscuridades han convertido a Zapatero en un sospechoso internacional de casi todos los delitos relacionados con la corrupción a gran escala.

Pero el sujeto sigue en libertad y mintiendo. Ni siquiera se le ha abierto una inspección de Hacienda, a pesar de las joyas valiosas que escondía.

En mayo de 2026, la Audiencia Nacional imputó a José Luis Rodríguez Zapatero por delitos graves como organización criminal, tráfico de influencias, blanqueo de capitales y falsedad documental. Se le señala como presunto líder de una estructura que habría facilitado el rescate de 53 millones de euros a la aerolínea Plus Ultra (vinculada a Venezuela) durante la pandemia, a cambio de comisiones de hasta 1,95 millones de euros que habrían llegado a su entorno, incluida una consultora y la empresa de sus hijas.

Registros en su oficina, joyas de alto valor incautadas y vínculos con tramas de blanqueo venezolano (oro, PDVSA) forman parte del sumario. Si Zapatero fuera un empresario o un ciudadano cualquiera investigado por tráfico de influencias y blanqueo en un rescate público millonario, probablemente habría sido detenido o enfrentado medidas cautelares severas desde hace tiempo.

En cambio, un expresidente cuenta con recursos, plazos ampliados y un aparato político de su propio partido, el socialista, que descaradamente defiende la presunción de inocencia con vehemencia selectiva.

Menos mal que el juez ha dado un paso justo al imputar a sus hijas y a su fiel secretaria, protagonistas en la trama corrupta del ex presidente.

Esto no es justicia rápida e igualitaria. Es un sistema funcionando a dos velocidades.

A Pedro Sánchez y su círculo mas cercano (esposa y hermano) les ocurre algo parecido: privilegios y todo un partido de gobierno defendiéndoles, incluyendo la Fiscalía General del Estado.

Un ciudadano normal investigado por los delitos que se atribuyen a la familia del presidente, enfrentaría inmediatas consecuencias laborales y personales.

El propio presidente ha calificado las investigaciones como “acoso y derribo” y ha utilizado recursos institucionales para cuestionar al juez.

El trato especial para la élite es una violación flagrante de la Constitución y un salivazo del poder sobre el rostro de los ciudadanos españoles.

Los políticos de alto nivel y sus familias disponen de:

• Dilaciones procesales y recursos que un particular no puede costear.
• Defensa política e institucional que descalifica a jueces y fiscales (“lawfare”, “acoso”, “jueces que hacen política”).
• Puertas giratorias y redes de influencia que amortiguan las consecuencias.
• Un sistema donde la presunción de inocencia se invoca con más fuerza cuando el imputado es “de los nuestros”.

Un ciudadano de a pie imputado por malversación o tráfico de influencias pierde empleo, reputación y libertad con rapidez. Los poderosos, no. La lentitud de la justicia, combinada con la politización (batallas por el CGPJ, ataques a instructores incómodos), generan impunidad de facto.

España acumula decenas de casos de corrupción política de todos los colores, pero la impunidad efectiva es mayor en las altas esferas.

La confianza en la Justicia se erosiona. Solo una minoría la ve como imparcial. La mayoría comprueba que la Justicia no es igual para todos.

Nadie puede estar en España por encima de la ley.

Para impedir que la Justicia española sea muchas veces un basurero corrupto al servicio de las élites, hacen falta reformas reales en la elección de órganos judiciales, fin de las puertas giratorias, agilización procesal y fin de las descalificaciones sistemáticas a los jueces.

La democracia española envía un mensaje claro al ciudadano: "hay dos varas de medir".

La igualdad ante la ley no es un eslogan. Es el fundamento de cualquier sociedad libre.

Francisco Rubiales

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Viernes, 19 de Junio 2026
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