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Irán está humillando a la primera potencia mundial



El canciller de Alemania acaba de declarar lo que es evidente, pero la mayoría se niega a admitir: los ayatolás iraníes —o lo que queda de su régimen tras los golpes recibidos— están humillando a la primera potencia mundial en pleno 2026.

El Estrecho de Ormuz, arteria vital por la que circula una quinta parte del petróleo global, se ha convertido en una trampa asfixiante para Washington.

Donald Trump, al frente de una administración criticada por su gestión errática, lanza ultimátum tras ultimátum: “Abrid el puto estrecho o volaremos vuestras plantas de energía y puentes”. Amenaza con destruir infraestructuras civiles y ordena acciones navales, pero Irán no cede. Los aliados europeos declinan involucrarse directamente, argumentando que “no es su guerra”, mientras China, Japón y Corea del Sur se mantienen al margen.

Parece que Trump no es lo bastante lúcido para derrotar a los ayatolás, ni sabe utilizar con eficacia su superioridad militar. Él lo niega, pero la primera potencia mundial está haciendo el ridículo.
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Estados Unidos bombardea, bloquea, sanciona y amenaza, pero el régimen persa resiste, captura barcos y promete más acciones, demostrando que la superioridad militar convencional no basta contra una estrategia asimétrica de minas, drones y chantaje energético.

Esta parálisis revela la debilidad de una superpotencia que, pese a su arsenal, no logra imponer su voluntad, ni restaurar el flujo comercial sin arriesgar una escalada mayor o un daño económico global.

Estados Unidos no sabe cómo vencer de forma decisiva, ni cómo salir de la trampa de Ormuz sin costos prohibitivos. Las conversaciones en Pakistán avanzan a trompicones, con exigencias mutuas que nadie cumple del todo: fin del programa nuclear iraní, límites a misiles, cese de apoyo a los aliados de Irán...

Mientras, el precio del petróleo se dispara, la economía mundial sufre y Washington se ve atrapado entre su retórica de fuerza y la realidad de un conflicto prolongado que erosiona su prestigio.

La “máxima presión” de Trump choca contra un régimen que, aunque debilitado, ha convertido su supervivencia en un símbolo de resistencia.

Los aliados de Estados Unidos observan preocupados este espectáculo de impotencia. Nadie duda de la capacidad destructiva americana, pero la incapacidad para resolver rápidamente un estrangulamiento marítimo muestra los límites de la hegemonía en un mundo multipolar.

Irán, con su geografía estratégica y tácticas de desgaste, obliga a la primera potencia a negociar desde una posición de frustración visible.

La humillación no radica en una derrota militar total, sino en la evidencia cruda de que incluso el coloso estadounidense puede ser contenido, retrasado y dañado por un adversario astuto que juega con las reglas del caos.

La historia juzgará si esta trampa fue un error estratégico evitable o el precio de una política exterior impredecible.

Donald Trump no puede doblegar completamente a Irán porque, a pesar de la abrumadora superioridad militar convencional de Estados Unidos, el régimen iraní ha demostrado una notable capacidad de resistencia a través de la guerra asimétrica, la geografía y una determinación ideológica y nacionalista que hace muy costosa cualquier victoria decisiva.

La principal razón es la asimetría estratégica. Irán no intenta competir con el poder aéreo o naval estadounidense en un enfrentamiento convencional, que perdería rápidamente. Pero sabe emplear tácticas de desgaste: drones de bajo costo (mucho más baratos que los interceptores estadounidenses), minas marítimas, ataques con misiles balísticos contra objetivos regionales y el cierre parcial del Estrecho de Ormuz, que amenaza el flujo global de petróleo y eleva los precios energéticos.

Esta estrategia obliga a EE.UU. a gastar miles de millones en defensas y operaciones, mientras Irán puede sostener su guerra durante meses o años sin necesidad de victorias espectaculares.

Francisco Rubiales

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Martes, 28 de Abril 2026
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