Estatua euestre del asesino de sspañoles Simón Bolívar, en el madrileño Parque del Oeste.
España lleva décadas arrodillada ante una mentira histórica que clama al cielo. Mientras millones de españoles honramos a nuestros antepasados que forjaron un imperio donde “el sol no se ponía”, tenemos estatuas y monumentos a uno de los mayores carniceros de nuestra historia: Simón Bolívar, el “libertador” que no liberó nada, sino que masacró españoles por encargo de la pérfida Albión.
Porque la “independencia” de Bolívar no fue un grito de libertad popular. Fue un negocio sucio financiado por Inglaterra. Desde 1817, el traidor envió agentes a Londres a mendigar empréstitos que los banqueros británicos concedieron con usura. Préstamos fraudulentos, armas, uniformes y, sobre todo, más de 6.000 mercenarios ingleses —la famosa Legión Británica— que llegaron a combatir bajo su bandera.
¿Casualidad? No. Inglaterra, enemiga eterna de España desde Trafalgar, vio en Bolívar la herramienta perfecta para romper el imperio español, quedarse con los mercados y hundirnos en la miseria. Bolívar lo reconoció en sus últimos días: había “trabajado para Inglaterra”. Lo dijo él mismo.
La gran ganadora de aquellas guerras no fue América; fue la City de Londres, que endeudó a las nuevas repúblicas hasta el cuello durante décadas.
Y esa “lucha” no fue guerra limpia. Fue carnicería selectiva contra lo español. El 15 de junio de 1813, en Trujillo, Bolívar firmó su infame Decreto de Guerra a Muerte: “Nosotros somos enviados a destruir a los españoles”. Todo peninsular o canario que no se uniera a su causa debía ser ejecutado sin piedad. Ni uno solo debía quedar vivo.
Ordenó fusilar a cientos de prisioneros —886 solo en Caracas en una sola matanza— y desató una orgía de sangre contra civiles, mujeres y niños españoles. ¿Eso es independencia? Eso es terrorismo de Estado. Bolívar no fue libertador; fue un asesino en serie de españoles que defendían su patria, su rey y su cultura. Un degollador financiado desde Londres que convirtió América en un matadero para satisfacer ambiciones personales y ajenas.
Cada vez que españoles patriotas contemplamos una de las estatuas a Bolívar alzadas en España sentimos un asco insoportable y un desprecio infinito hacia los que gobiernan y han gobernado España desde la traición y la bajeza.
Mientras Bolívar firmaba decretos pomposos contra la malversación (pena de muerte para quien robara fondos públicos), sus ejércitos y nuevos gobiernos se financiaban con expropiaciones salvajes, tributos forzosos y saqueos que enriquecieron a unos pocos criollos y a los banqueros ingleses.
Las nuevas repúblicas nacieron endeudadas hasta las cejas con Londres, corruptas hasta la médula y fragmentadas en 20 pedazos. Bolívar soñaba con un imperio propio; terminó como un dictador fracasado que dejó un continente en llamas y en manos de usureros extranjeros. La corrupción no fue un accidente: fue el combustible de su “hazaña”.
Pero lo más repugnante, lo que grita traición a los cuatro vientos, es que en España misma le levantamos estatuas. En el Parque del Oeste de Madrid tiene una imponente estatua ecuestre. En Barcelona, otra en la Barceloneta y un busto en Montjuïc. En Valencia, plaza de América. En Garachico (Tenerife), la primera que se erigió en todo el país en 1970. En Cádiz también. ¿Qué clase de país es este que honra al verdugo de sus propios hijos? ¿Qué memoria histórica tan enferma permite que el asesino de miles de españoles tenga pedestal en nuestras plazas, mientras los héroes de la Reconquista, de Lepanto o de la Guerra de la Independencia contra Napoleón quedan en el olvido?
Esto no es multiculturalismo. Es suicido cultural. Es una sucia traición a España y a la sangre derramada por nuestros antepasados. Cada estatua de Bolívar es una bofetada a las víctimas de su decreto de exterminio, a las familias españolas destrozadas, a la soberanía que perdimos por culpa de mercenarios británicos y traidores locales.
Basta ya. España no debe seguir escupiendo sobre su propia historia. Hay que retirar de inmediato todas esas estatuas. Hay que recordar quiénes fuimos: el imperio que unió continentes, no el que se dejó desmembrar por un sicario inglés. Bolívar no merece ni una placa en nuestras ciudades. Merece el olvido que se le negó a los españoles que él mandó matar.
¡España, despierta! Derriba las estatuas del asesino. Honra a los tuyos. Basta de injusticias. La vergüenza ya no tiene excusa.
Francisco Rubiales
Porque la “independencia” de Bolívar no fue un grito de libertad popular. Fue un negocio sucio financiado por Inglaterra. Desde 1817, el traidor envió agentes a Londres a mendigar empréstitos que los banqueros británicos concedieron con usura. Préstamos fraudulentos, armas, uniformes y, sobre todo, más de 6.000 mercenarios ingleses —la famosa Legión Británica— que llegaron a combatir bajo su bandera.
¿Casualidad? No. Inglaterra, enemiga eterna de España desde Trafalgar, vio en Bolívar la herramienta perfecta para romper el imperio español, quedarse con los mercados y hundirnos en la miseria. Bolívar lo reconoció en sus últimos días: había “trabajado para Inglaterra”. Lo dijo él mismo.
La gran ganadora de aquellas guerras no fue América; fue la City de Londres, que endeudó a las nuevas repúblicas hasta el cuello durante décadas.
Y esa “lucha” no fue guerra limpia. Fue carnicería selectiva contra lo español. El 15 de junio de 1813, en Trujillo, Bolívar firmó su infame Decreto de Guerra a Muerte: “Nosotros somos enviados a destruir a los españoles”. Todo peninsular o canario que no se uniera a su causa debía ser ejecutado sin piedad. Ni uno solo debía quedar vivo.
Ordenó fusilar a cientos de prisioneros —886 solo en Caracas en una sola matanza— y desató una orgía de sangre contra civiles, mujeres y niños españoles. ¿Eso es independencia? Eso es terrorismo de Estado. Bolívar no fue libertador; fue un asesino en serie de españoles que defendían su patria, su rey y su cultura. Un degollador financiado desde Londres que convirtió América en un matadero para satisfacer ambiciones personales y ajenas.
Cada vez que españoles patriotas contemplamos una de las estatuas a Bolívar alzadas en España sentimos un asco insoportable y un desprecio infinito hacia los que gobiernan y han gobernado España desde la traición y la bajeza.
Mientras Bolívar firmaba decretos pomposos contra la malversación (pena de muerte para quien robara fondos públicos), sus ejércitos y nuevos gobiernos se financiaban con expropiaciones salvajes, tributos forzosos y saqueos que enriquecieron a unos pocos criollos y a los banqueros ingleses.
Las nuevas repúblicas nacieron endeudadas hasta las cejas con Londres, corruptas hasta la médula y fragmentadas en 20 pedazos. Bolívar soñaba con un imperio propio; terminó como un dictador fracasado que dejó un continente en llamas y en manos de usureros extranjeros. La corrupción no fue un accidente: fue el combustible de su “hazaña”.
Pero lo más repugnante, lo que grita traición a los cuatro vientos, es que en España misma le levantamos estatuas. En el Parque del Oeste de Madrid tiene una imponente estatua ecuestre. En Barcelona, otra en la Barceloneta y un busto en Montjuïc. En Valencia, plaza de América. En Garachico (Tenerife), la primera que se erigió en todo el país en 1970. En Cádiz también. ¿Qué clase de país es este que honra al verdugo de sus propios hijos? ¿Qué memoria histórica tan enferma permite que el asesino de miles de españoles tenga pedestal en nuestras plazas, mientras los héroes de la Reconquista, de Lepanto o de la Guerra de la Independencia contra Napoleón quedan en el olvido?
Esto no es multiculturalismo. Es suicido cultural. Es una sucia traición a España y a la sangre derramada por nuestros antepasados. Cada estatua de Bolívar es una bofetada a las víctimas de su decreto de exterminio, a las familias españolas destrozadas, a la soberanía que perdimos por culpa de mercenarios británicos y traidores locales.
Basta ya. España no debe seguir escupiendo sobre su propia historia. Hay que retirar de inmediato todas esas estatuas. Hay que recordar quiénes fuimos: el imperio que unió continentes, no el que se dejó desmembrar por un sicario inglés. Bolívar no merece ni una placa en nuestras ciudades. Merece el olvido que se le negó a los españoles que él mandó matar.
¡España, despierta! Derriba las estatuas del asesino. Honra a los tuyos. Basta de injusticias. La vergüenza ya no tiene excusa.
Francisco Rubiales