El rasgo principal de Donald Trump es la osadía, un comportamiento que le conduce al éxito, que le da fuerza ante los débiles y cobardes y que Europa debe imitar para hacerse respetar en un mundo donde sólo los fuertes y los atrevidos tendrán cabida.
Ante la hostilidad de Estados Unidos, manifestada, entre otros gestos y decisiones, en su renovado interés por adquirir Groenlandia, incluso mediante una invasión armada, Europa enfrenta un dilema estratégico que pondrá a prueba su cohesión y autonomía. La necesidad de reaccionar con solvencia ante la hostilidad norteamericana es cada día más urgente.
En enero de 2026, el presidente Donald Trump ha intensificado sus declaraciones sobre la necesidad de controlar esta isla danesa por motivos de seguridad nacional, considerando opciones que incluyen la compra o incluso el uso de la fuerza militar.
Esta postura ha generado alarma en aliados europeos, como Francia y Alemania, que están elaborando planes de contingencia para responder a cualquier escalada.
Trump, con su hostilidad, ha colocado a Europa frente a sus mayor crisis desde la II Guerra Mundial. Pero esa crisis es, también, una oportunidad para abandonar su temeraria dependencia de los USA, fortalecerse ocupar un lugar entre los poderosos del planeta.
Europa, históricamente dependiente de la alianza transatlántica, debe priorizar una respuesta unificada para defender la soberanía de Dinamarca, un miembro de la OTAN. En lugar de mostrarse débil, la Unión Europea podría fortalecer su diplomacia colectiva, exigiendo claridad a Washington y reforzando su propia defensa común, sin necesariamente romper lazos que han garantizado la estabilidad posguerra.
La idea de abandonar la OTAN y crear una versión europea exclusiva, sin Estados Unidos, es tentadora para algunos, pero conlleva riesgos significativos. La OTAN ha sido un pilar de la seguridad europea desde 1949, y una salida abrupta podría debilitar la disuasión frente a amenazas como la agresión rusa en Ucrania.
Expertos advierten que un intento estadounidense de apoderarse de Groenlandia podría precipitar la crisis más grave en la historia de la alianza, ya que implicaría un conflicto entre miembros.
Pero esos mismo expertos creen que la inacción y el silencio de Europa frete a las bravuconadas de Trump equivalen a un suicidio.
Europa ha avanzado en iniciativas como la Política Común de Seguridad y Defensa (PCSD) y el Fondo Europeo de Defensa, que podrían evolucionar hacia una estructura más autónoma. Una "OTAN europea" podría fomentar la independencia estratégica, pero requeriría inversiones masivas en capacidades militares y una voluntad política unánime, algo que ha faltado en el pasado debido a divisiones internas.
Abrir conversaciones con China y Rusia para tratados de amistad y cooperación podría ser contraproducente, dado el contexto geopolítico actual.
Aunque diversificar alianzas es lógico en un mundo multipolar, cualquier acercamiento debe ser cauteloso y condicionado a respetar normas internacionales, evitando comprometer valores europeos como la democracia y los derechos humanos.
En cualquier caso, lo más urgente para Europa es demostrar que está unida y que es fuerte. La actual imagen europea de debilidad es insoportable y, a la larga, letal para los europeos.
La clave reside en superar la percepción de debilidad mediante una UE más integrada, que se rearme, invierta en innovación tecnológica y energética, reduzca dependencias, que exhiba independencia estratégica y mantenga un diálogo transatlántico que equilibre intereses mutuos, sin ceder a presiones unilaterales.
Parece evidente que la débil Úrsula von der Layen no es la líder adecuada para sacar a Europa de su alarmante debilidad.
Francisco Rubiales
Ante la hostilidad de Estados Unidos, manifestada, entre otros gestos y decisiones, en su renovado interés por adquirir Groenlandia, incluso mediante una invasión armada, Europa enfrenta un dilema estratégico que pondrá a prueba su cohesión y autonomía. La necesidad de reaccionar con solvencia ante la hostilidad norteamericana es cada día más urgente.
En enero de 2026, el presidente Donald Trump ha intensificado sus declaraciones sobre la necesidad de controlar esta isla danesa por motivos de seguridad nacional, considerando opciones que incluyen la compra o incluso el uso de la fuerza militar.
Esta postura ha generado alarma en aliados europeos, como Francia y Alemania, que están elaborando planes de contingencia para responder a cualquier escalada.
Trump, con su hostilidad, ha colocado a Europa frente a sus mayor crisis desde la II Guerra Mundial. Pero esa crisis es, también, una oportunidad para abandonar su temeraria dependencia de los USA, fortalecerse ocupar un lugar entre los poderosos del planeta.
Europa, históricamente dependiente de la alianza transatlántica, debe priorizar una respuesta unificada para defender la soberanía de Dinamarca, un miembro de la OTAN. En lugar de mostrarse débil, la Unión Europea podría fortalecer su diplomacia colectiva, exigiendo claridad a Washington y reforzando su propia defensa común, sin necesariamente romper lazos que han garantizado la estabilidad posguerra.
La idea de abandonar la OTAN y crear una versión europea exclusiva, sin Estados Unidos, es tentadora para algunos, pero conlleva riesgos significativos. La OTAN ha sido un pilar de la seguridad europea desde 1949, y una salida abrupta podría debilitar la disuasión frente a amenazas como la agresión rusa en Ucrania.
Expertos advierten que un intento estadounidense de apoderarse de Groenlandia podría precipitar la crisis más grave en la historia de la alianza, ya que implicaría un conflicto entre miembros.
Pero esos mismo expertos creen que la inacción y el silencio de Europa frete a las bravuconadas de Trump equivalen a un suicidio.
Europa ha avanzado en iniciativas como la Política Común de Seguridad y Defensa (PCSD) y el Fondo Europeo de Defensa, que podrían evolucionar hacia una estructura más autónoma. Una "OTAN europea" podría fomentar la independencia estratégica, pero requeriría inversiones masivas en capacidades militares y una voluntad política unánime, algo que ha faltado en el pasado debido a divisiones internas.
Abrir conversaciones con China y Rusia para tratados de amistad y cooperación podría ser contraproducente, dado el contexto geopolítico actual.
Aunque diversificar alianzas es lógico en un mundo multipolar, cualquier acercamiento debe ser cauteloso y condicionado a respetar normas internacionales, evitando comprometer valores europeos como la democracia y los derechos humanos.
En cualquier caso, lo más urgente para Europa es demostrar que está unida y que es fuerte. La actual imagen europea de debilidad es insoportable y, a la larga, letal para los europeos.
La clave reside en superar la percepción de debilidad mediante una UE más integrada, que se rearme, invierta en innovación tecnológica y energética, reduzca dependencias, que exhiba independencia estratégica y mantenga un diálogo transatlántico que equilibre intereses mutuos, sin ceder a presiones unilaterales.
Parece evidente que la débil Úrsula von der Layen no es la líder adecuada para sacar a Europa de su alarmante debilidad.
Francisco Rubiales