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¿Está justificado el tiranicidio como fórmula para liberar a los pueblos oprimidos?



La eliminación del máximo líder de Irán, Alí Jamenei, muerto en un bombardeo israelí sobre Teherán, alienta a los que luchan contra los tiranos corruptos en todo el mundo y abre el debate a escala mundial sobre si asesinar al líder criminal que oprime y maltrata a su pueblo es o no lícito.

El asesinato deliberado de Jamenei ha colocado sobre la mesa de la actualidad mundial un debate ético, político y moral de primer orden que preocupa a la Humanidad desde hace milenios: ¿Es o no es lícito matar al tirano que se aferra al poder con uñas, dientes y armas, tras haberse convertido en torturador, asesino y obstáculo para la paz, la justicia y la libertad de su pueblo y del mundo?
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Jamenei, el clerigo asesino de Irán, ha sido eliminado y el pueblo oprimido lo celebra
En un mundo tenso y cruel, donde la opresión y la tiranía flagelan y angustian a millones de personas, asesinar al tirano portador del mal es una tentación a veces justificada e irresistible.

Filósofos como Aristóteles, Cicerón y Tomás de Aquino han defendido que, en ciertas circunstancias extremas, eliminar a un líder despótico puede ser no solo permisible, sino necesario para restaurar la justicia y salvar vidas inocentes.

El tiranicidio no es un invento contemporáneo. En la Antigua Grecia, Aristóteles distinguía entre reyes legítimos y tiranos, argumentando que el derrocamiento de estos últimos era un derecho natural de los oprimidos. En la Roma republicana, el asesinato de Julio César fue justificado por sus perpetradores como un acto para preservar la república contra la dictadura. Durante la Edad Media, Tomás de Aquino, en su Suma Teológica, sostenía que si un gobernante se convierte en un tirano que viola el bien común, su remoción —incluso por medios violentos— podría ser moralmente defendible si no hay alternativas pacíficas.

En tiempos modernos, este concepto ha sido invocado en contextos como el atentado fallido contra Adolf Hitler en 1944, justificado por multitud de pensadores.

Sobre lo que no existen dudas en el mundo del pensamiento, la filosofía, la política y la ética es sobre el derecho de los pueblos a resistir y combatir, con métodos pacíficos y democráticos, a los políticos que abusan del poder y promueven la injusticia, la opresión y la corrupción. Contra esos canallas siempre hay que luchar.

El tiranicidio no es un cheque en blanco: debe cumplir criterios como la proporcionalidad, la última instancia y la probabilidad de mejorar la situación, evitando un caos mayor. Los defensores del tiranicidio argumentan que, cuando un líder autócrata comete crímenes sistemáticos contra su pueblo, su eliminación se justifica porque puede prevenir sufrimientos masivos.

En el caso de Irán bajo Jamenei, el régimen teocrático ha sido acusado de ejecuciones masivas, con muchos miles de personas recientemente eliminadas sólo por pedir libertad en las calles.

Jamenei gobernó con puño de hierro durante 37 años, instauró un sistema que censuraba la crítica, prohibía elecciones libres, torturaba y mataba al disidente y exportaba terror a través de organizaciones financiadas como Hezbolá y Hamás, promoviendo el terrorismo y desestabilizando la región.

Para millones de demócratas y opositores al régimen de los ayatolás, la ejecución de Jamenei supone el fin de la tiranía religiosa más cruel y despótica del planeta.

Un tiranicidio como el de Irán no es venganza, sino un acto de liberación. Al decapitar el régimen, se abre la puerta a la libertad y la justicia, aunque no siempre ese es el resultado porque no todos los tiranicidios producen frutos de justicia y libertad. Algunos, como las ejecuciones de Muammar Gaddafi en Libia o Saddam Hussein en Irak, sembraron caos y violencia renovada.

La muerte de Jamenei ha provocado celebraciones en todo el mundo que ilustran el alivio de muchos iraníes en el exilio y disidentes internos, quienes ven en este evento una oportunidad para un Irán libre.

También existen críticos que se oponen a la ejecución de tiranos sangrientos, argumentando que viola principios internacionales como la soberanía estatal, los derechos de los tiranos y sus equipos represores y el derecho a la no intervención.

En este sentido, algunos países, sobre todo los que militan en la izquierda y han recibido ayudas de Irán, han condenado el tiranicidio del ayatolá como un acto de agresión imperialista. Otros se oponen a la eliminación de líderes sanguinarios aduciendo que no garantiza el fin de la opresión y que a menudo deja un vacío de poder que genera más violencia.

En España, Pedro Sánchez ha condenado la intervención de Estados Unidos e Israel en Irán, alineándose, de manera sorprendente, al lado de los criminales. El periodista Eduardo Inda escribe hoy que «Pedro Sánchez defiende a los terroristas: antes Venezuela y Hamás, ahora Irán, y siempre ETA»

Algunos destacan que presionar a autócratas puede llevar a regímenes aún más radicales, como ocurrió tras la caída del Shah en 1979. En Irán, mientras algunos lloran el "martirio" del ayatolá, otros lo celebran, sobre todo en secreto, por miedo a las represalias de la poderosa guardia del régimen.

No cabe duda de que el tiranicidio contra criminales como Jamenei puede estar justificado porque pretende salvar vidas y promover la libertad. Sin embargo, el verdadero cambio depende no solo de eliminar a un líder, sino de desmantelar sistemas enteros de despotismo.

Francisco Rubiales

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Lunes, 2 de Marzo 2026
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