Dron ruso Gerbera
Putin no necesita desembarcar un solo tanque en Algeciras para doblar el pulso a España. Le basta con la guerra híbrida: desinformación, presión migratoria, ciberataques, chantaje energético y la paciencia de quien sabe que frente a él hay un Estado que confunde la dignidad con el comunicado de prensa.
Moscú ha entendido algo que Moncloa se niega a mirar de frente: una superpotencia no gana solo con misiles; gana cuando el adversario no tiene ni doctrina, ni voluntad, ni vergüenza.
España entra en ese tablero con el mismo aire de quien cree que un tuit solidario y una rueda de prensa bastan para disuadir a quien lleva años ensayando cómo romper sociedades por dentro.
El episodio de Ceuta no es una anécdota de frontera. Es la radiografía. Un país que no es capaz de impedir la entrada, contener o expulsar a un puñado de hombres desarmados que cruzan a nado o a pie no está preparado para nada que se parezca a un conflicto moderno.
No se trata de heroísmo de película: se trata de mando, de reglas de enfrentamiento claras, de que las Fuerzas Armadas sepan que su misión no es posar para la foto ni esperar a que Interior decida si el problema es “humanitario” o “de seguridad”.
Cuando cuatro individuos sin fusil ponen en evidencia la parálisis, el mensaje que llega a quien observa desde fuera es nítido: este Estado titubea ante lo pequeño; ante lo grande se deshará.
La clase política española, distraída en tareas de corrupción, dominio, engaño y relato, ha convertido la defensa en un adorno presupuestario y la frontera en un escenario de gestos.
Se habla de OTAN, de valores y de “compromiso con Ucrania” mientras en casa se diluye la autoridad del uniformado, se teme más a un titular incómodo que a la pérdida de control del territorio y se llama “complejidad” a lo que en cualquier país serio se llama fallo de Estado.
La guerra híbrida se alimenta precisamente de esa cobardía administrativa: de la frontera porosa, del relato que culpa al que defiende y absuelve al que presiona, de la idea de que cualquier uso de la fuerza es sospechoso.
Así no se disuade a Rusia. Así se invita a que pruebe hasta dónde llega la inercia.
La clave para España no es la indiferencia: es la negativa a seguir fingiendo que con este gobierno inepto y con este miedo al qué dirán se puede sostener un país ante una amenaza que no viene en formación de desfile.
España no está lista. Quien lo niegue no defiende a las Fuerzas Armadas: las usa de escudo para no admitir que el problema no es solo el enemigo exterior, sino la falta de pulso, valor y pericia de quienes mandan aquí dentro.
Francisco Rubiales
Moscú ha entendido algo que Moncloa se niega a mirar de frente: una superpotencia no gana solo con misiles; gana cuando el adversario no tiene ni doctrina, ni voluntad, ni vergüenza.
España entra en ese tablero con el mismo aire de quien cree que un tuit solidario y una rueda de prensa bastan para disuadir a quien lleva años ensayando cómo romper sociedades por dentro.
El episodio de Ceuta no es una anécdota de frontera. Es la radiografía. Un país que no es capaz de impedir la entrada, contener o expulsar a un puñado de hombres desarmados que cruzan a nado o a pie no está preparado para nada que se parezca a un conflicto moderno.
No se trata de heroísmo de película: se trata de mando, de reglas de enfrentamiento claras, de que las Fuerzas Armadas sepan que su misión no es posar para la foto ni esperar a que Interior decida si el problema es “humanitario” o “de seguridad”.
Cuando cuatro individuos sin fusil ponen en evidencia la parálisis, el mensaje que llega a quien observa desde fuera es nítido: este Estado titubea ante lo pequeño; ante lo grande se deshará.
La clase política española, distraída en tareas de corrupción, dominio, engaño y relato, ha convertido la defensa en un adorno presupuestario y la frontera en un escenario de gestos.
Se habla de OTAN, de valores y de “compromiso con Ucrania” mientras en casa se diluye la autoridad del uniformado, se teme más a un titular incómodo que a la pérdida de control del territorio y se llama “complejidad” a lo que en cualquier país serio se llama fallo de Estado.
La guerra híbrida se alimenta precisamente de esa cobardía administrativa: de la frontera porosa, del relato que culpa al que defiende y absuelve al que presiona, de la idea de que cualquier uso de la fuerza es sospechoso.
Así no se disuade a Rusia. Así se invita a que pruebe hasta dónde llega la inercia.
La clave para España no es la indiferencia: es la negativa a seguir fingiendo que con este gobierno inepto y con este miedo al qué dirán se puede sostener un país ante una amenaza que no viene en formación de desfile.
España no está lista. Quien lo niegue no defiende a las Fuerzas Armadas: las usa de escudo para no admitir que el problema no es solo el enemigo exterior, sino la falta de pulso, valor y pericia de quienes mandan aquí dentro.
Francisco Rubiales