España no puede seguir mirando hacia otro lado mientras dos frentes, uno exterior y otro interior, erosionan su soberanía, su integridad territorial y su dignidad como nación.
La ministra Rego desmiente a Rabat y dice que Marruecos no facilita el retorno de menores ni cuando el niño y la familia quieren.
Poco a poco se abre camino la verdad: Marruecos no es un socio leal sino un enemigo peligroso y agresivo dispuesto a despedazar España.
Marruecos no actúa como un socio leal, sino como un actor que explota la debilidad española: presiona en Ceuta y Melilla, instrumentaliza la inmigración irregular como palanca política, reivindica el Sahara y proyecta una ambición expansionista que Madrid ha respondido, durante años, con concesiones, ambigüedad y miedo a disgustar a Rabat.
Al mismo tiempo, el Gobierno de Pedro Sánchez ha convertido esa debilidad en doctrina: ha subordinado la defensa de los intereses nacionales a cálculos partidistas, ha fragmentado la unidad del Estado con pactos que erosionan la igualdad entre españoles y ha priorizado la supervivencia en el poder sobre la autoridad, la frontera y la disuasión.
Quien niegue que ambos fenómenos se refuerzan —la presión exterior aprovecha la parálisis interior— no describe la realidad, sino que la disfraza.
Rearmarse no es un eslogan belicista; es la condición mínima de un Estado que quiere seguir existiendo.
Significa recuperar capacidad militar, control efectivo de las fronteras, inteligencia, coherencia diplomática y, sobre todo, voluntad política para decir que Ceuta, Melilla y las aguas y el espacio aéreo que corresponden a España no son negociables.
Significa dejar de tratar a Marruecos como un aliado al que hay que apaciguar y empezar a tratarlo como un competidor estratégico al que hay que contener.
Y significa, en el plano interno, exigir que el Gobierno deje de usar las instituciones como instrumento de permanencia y vuelva a servir al Estado: sin cesiones que debilitan la integridad territorial, sin narrativa que presenta cualquier exigencia de firmeza como extremismo, y sin esa costumbre de diluir la responsabilidad nacional en gestos multilaterales que no sustituyen la defensa propia.
La reacción ha de ser vigorosa precisamente porque el tiempo juega en contra. Cada vacilación refuerza al que presiona desde fuera y al que fragmenta desde dentro.
España no se destruye de un golpe; se desgasta cuando acepta que sus ciudades autónomas son un problema gestionable, que la frontera es un trámite humanitario y que el Gobierno puede gobernar contra la idea misma de Nación mientras exige lealtad al resto.
Quien quiera un país entero, seguro y respetado no puede contentarse con comunicados tibios ni con la espera de que el ciclo electoral lo resuelva todo.
Tiene que exigir rearme material y rearme moral: fronteras que se defienden, aliados que se eligen con criterio y un Ejecutivo que no sea percibido —dentro y fuera— como el primer obstáculo para que España se tome en serio a sí misma.
Francisco Rubiales
La ministra Rego desmiente a Rabat y dice que Marruecos no facilita el retorno de menores ni cuando el niño y la familia quieren.
Poco a poco se abre camino la verdad: Marruecos no es un socio leal sino un enemigo peligroso y agresivo dispuesto a despedazar España.
Marruecos no actúa como un socio leal, sino como un actor que explota la debilidad española: presiona en Ceuta y Melilla, instrumentaliza la inmigración irregular como palanca política, reivindica el Sahara y proyecta una ambición expansionista que Madrid ha respondido, durante años, con concesiones, ambigüedad y miedo a disgustar a Rabat.
Al mismo tiempo, el Gobierno de Pedro Sánchez ha convertido esa debilidad en doctrina: ha subordinado la defensa de los intereses nacionales a cálculos partidistas, ha fragmentado la unidad del Estado con pactos que erosionan la igualdad entre españoles y ha priorizado la supervivencia en el poder sobre la autoridad, la frontera y la disuasión.
Quien niegue que ambos fenómenos se refuerzan —la presión exterior aprovecha la parálisis interior— no describe la realidad, sino que la disfraza.
Rearmarse no es un eslogan belicista; es la condición mínima de un Estado que quiere seguir existiendo.
Significa recuperar capacidad militar, control efectivo de las fronteras, inteligencia, coherencia diplomática y, sobre todo, voluntad política para decir que Ceuta, Melilla y las aguas y el espacio aéreo que corresponden a España no son negociables.
Significa dejar de tratar a Marruecos como un aliado al que hay que apaciguar y empezar a tratarlo como un competidor estratégico al que hay que contener.
Y significa, en el plano interno, exigir que el Gobierno deje de usar las instituciones como instrumento de permanencia y vuelva a servir al Estado: sin cesiones que debilitan la integridad territorial, sin narrativa que presenta cualquier exigencia de firmeza como extremismo, y sin esa costumbre de diluir la responsabilidad nacional en gestos multilaterales que no sustituyen la defensa propia.
La reacción ha de ser vigorosa precisamente porque el tiempo juega en contra. Cada vacilación refuerza al que presiona desde fuera y al que fragmenta desde dentro.
España no se destruye de un golpe; se desgasta cuando acepta que sus ciudades autónomas son un problema gestionable, que la frontera es un trámite humanitario y que el Gobierno puede gobernar contra la idea misma de Nación mientras exige lealtad al resto.
Quien quiera un país entero, seguro y respetado no puede contentarse con comunicados tibios ni con la espera de que el ciclo electoral lo resuelva todo.
Tiene que exigir rearme material y rearme moral: fronteras que se defienden, aliados que se eligen con criterio y un Ejecutivo que no sea percibido —dentro y fuera— como el primer obstáculo para que España se tome en serio a sí misma.
Francisco Rubiales