El autor de este artículo conversando con Fidel, en La Habana, en 1975, cuando era corresponsal de la Agencia EFE en Cuba. Allí aprendí a conocer la inmensa miseria y crueldad del socialismo.
Quien no se crea que el socialismo mata debe visitar la isla de Cuba. Allí el socialismo mata de todas las formas imaginables, incluso de tristeza.
Pero quien quiera ver como el capitalismo se transforma en asesino, que contemple la ciudad norteamericana de Minnesota y viva de cerca los abusos criminales de los agentes federales que Donald Trump ha desatado contra la inmigración.
Siempre que el Estado se hace fuerte y autoritario, utilizando la fuerza, controlando todo el poder y arrebatando libertades al pueblo, ha causado pobreza, represión, dolor y muerte, desde el comunismo soviético hasta el nazismo y regímenes totalitarios en todo el mundo.
El costo humano de las aplicaciones totalitarias del socialismo ha sido estimado entre 65 y 100 millones de muertes prematuras por hambrunas, purgas, represión y asesinato, según demógrafos como Stephen Kotkin y el Libro Negro del Comunismo. Si a ese balance se agregan los muertos del nazismo, cuyo origen es un socialismo de Estado fuerte, el número se dispara. Estos números incluyen no solo ejecuciones directas, sino también muertes indirectas por políticas fallidas.
Es cierto que el capitalismo también ha causado millones de muertes a través de colonialismo e imperialismo, como los 100 millones estimados en India bajo el dominio británico o hasta los mas de 400 millones causados por el imperialismo estadounidense, desde el exterminio de los indios en las praderas a nuestros días.
Pero existe una diferencia: mientras las muertes del colonialismo y el capitalismo son del pasado y vinculadas a conflictos y guerras, las del socialismo responden a una planificación para conquistar el poder y someter a los pueblos.
Cuba es el gran fracaso del socialismo en el mundo presente, el gran escaparate y el estercolero inhumano y represivo que demuestra que el socialismo es basura, pobreza, dolor y muerte. Pero, sobre todo, Cuba es la prueba de que el camino del socialismo siempre termina en el infierno.
No todo "socialismo" es letal, pero sus versiones centralizadas han generado sufrimiento masivo. El socialismo ha matado a través de la pobreza, el hambre y la violencia al priorizar la colectivización sobre los incentivos individuales, lo que ha provocado ineficiencias económicas y crisis humanitarias. En la URSS, la hambruna ucraniana de 1932-1933, impulsada por la colectivización forzada de Stalin, causó entre 3.5 y 5 millones de muertes, exacerbadas por exportaciones de grano, pese a la escasez interna.
En China, bajo el infierno socialista de Mao, el Gran Salto Adelante (1958-1962) provocó entre 15 y 55 millones de muertes por hambruna, causadas por políticas agrícolas erróneas y represión.
La violencia estatal, como los gulags soviéticos o las purgas en Camboya, demuestran cómo el control absoluto genera terror.
Es el autoritarismo forzoso, más que la ideología económica per se, el factor clave en estas tragedias.
Más allá de las muertes físicas, el socialismo autoritario ha generado tristeza, marginación, tortura y exilio, erosionando la libertad individual y el bienestar psicológico. En Cuba, informes de Human Rights Watch documentan detenciones arbitrarias, torturas (incluyendo golpizas y aislamiento) y más de 700 presos políticos en 2021, con disidentes forzados al exilio para evitar represión.
En Venezuela, desde las elecciones de 2024, se reportan 853 presos políticos, con casos de tortura como choques eléctricos y desapariciones forzadas, según Foro Penal y HRW.
La "muerte civil" —pérdida de derechos y estigmatización de disidentes— fomenta la desesperación colectiva, como se comprobó en los campos de reeducación chinos para uigures.
Sin embargo, regímenes capitalistas autoritarios, como la dictadura de Pinochet en Chile, también han cometido torturas masivas, y el imperialismo ha desplazado millones, causando exilios forzados.
Esta simetría enseña que los abusos surgen del poder absoluto, no solo del socialismo.
Otros socialismos que se despliegan en ámbitos y países con tradición democrática, como el español de Pedro Sánchez, además de causar pobreza y dolor, cometen otros atentados contra la dignidad y la Justicia, como la desigualdad en el reparto de la riqueza, las violaciones de la Constitución, la sucia tolerancia de la corrupción, el enriquecimiento de los líderes y el acoso y estigmatización de los disidentes, además de violaciones del Estado de Derecho, expolio fiscal del ciudadano y ataques a la Justicia independiente.
Experiencias de socialismo democrático, como las vividas en países nórdicos europeos, demuestran que elementos socialistas en marcos democráticos pueden reducir pobreza (del 5 al 7% en Suecia y Dinamarca) y elevar la felicidad.
Estos modelos combinan mercados libres con redes de seguridad social, logrando equidad sin autoritarismo.
La lección es clara: el socialismo puro, cuando se impone sin democracia, desde un Estado fuerte, tiende al desastre, pero no es justo culpar de la esclavitud, la pobreza y el dolor sólo al socialismo porque eso significa olvidar los horrores del capitalismo desregulado.
Francisco Rubiales
Pero quien quiera ver como el capitalismo se transforma en asesino, que contemple la ciudad norteamericana de Minnesota y viva de cerca los abusos criminales de los agentes federales que Donald Trump ha desatado contra la inmigración.
Siempre que el Estado se hace fuerte y autoritario, utilizando la fuerza, controlando todo el poder y arrebatando libertades al pueblo, ha causado pobreza, represión, dolor y muerte, desde el comunismo soviético hasta el nazismo y regímenes totalitarios en todo el mundo.
El costo humano de las aplicaciones totalitarias del socialismo ha sido estimado entre 65 y 100 millones de muertes prematuras por hambrunas, purgas, represión y asesinato, según demógrafos como Stephen Kotkin y el Libro Negro del Comunismo. Si a ese balance se agregan los muertos del nazismo, cuyo origen es un socialismo de Estado fuerte, el número se dispara. Estos números incluyen no solo ejecuciones directas, sino también muertes indirectas por políticas fallidas.
Es cierto que el capitalismo también ha causado millones de muertes a través de colonialismo e imperialismo, como los 100 millones estimados en India bajo el dominio británico o hasta los mas de 400 millones causados por el imperialismo estadounidense, desde el exterminio de los indios en las praderas a nuestros días.
Pero existe una diferencia: mientras las muertes del colonialismo y el capitalismo son del pasado y vinculadas a conflictos y guerras, las del socialismo responden a una planificación para conquistar el poder y someter a los pueblos.
Cuba es el gran fracaso del socialismo en el mundo presente, el gran escaparate y el estercolero inhumano y represivo que demuestra que el socialismo es basura, pobreza, dolor y muerte. Pero, sobre todo, Cuba es la prueba de que el camino del socialismo siempre termina en el infierno.
No todo "socialismo" es letal, pero sus versiones centralizadas han generado sufrimiento masivo. El socialismo ha matado a través de la pobreza, el hambre y la violencia al priorizar la colectivización sobre los incentivos individuales, lo que ha provocado ineficiencias económicas y crisis humanitarias. En la URSS, la hambruna ucraniana de 1932-1933, impulsada por la colectivización forzada de Stalin, causó entre 3.5 y 5 millones de muertes, exacerbadas por exportaciones de grano, pese a la escasez interna.
En China, bajo el infierno socialista de Mao, el Gran Salto Adelante (1958-1962) provocó entre 15 y 55 millones de muertes por hambruna, causadas por políticas agrícolas erróneas y represión.
La violencia estatal, como los gulags soviéticos o las purgas en Camboya, demuestran cómo el control absoluto genera terror.
Es el autoritarismo forzoso, más que la ideología económica per se, el factor clave en estas tragedias.
Más allá de las muertes físicas, el socialismo autoritario ha generado tristeza, marginación, tortura y exilio, erosionando la libertad individual y el bienestar psicológico. En Cuba, informes de Human Rights Watch documentan detenciones arbitrarias, torturas (incluyendo golpizas y aislamiento) y más de 700 presos políticos en 2021, con disidentes forzados al exilio para evitar represión.
En Venezuela, desde las elecciones de 2024, se reportan 853 presos políticos, con casos de tortura como choques eléctricos y desapariciones forzadas, según Foro Penal y HRW.
La "muerte civil" —pérdida de derechos y estigmatización de disidentes— fomenta la desesperación colectiva, como se comprobó en los campos de reeducación chinos para uigures.
Sin embargo, regímenes capitalistas autoritarios, como la dictadura de Pinochet en Chile, también han cometido torturas masivas, y el imperialismo ha desplazado millones, causando exilios forzados.
Esta simetría enseña que los abusos surgen del poder absoluto, no solo del socialismo.
Otros socialismos que se despliegan en ámbitos y países con tradición democrática, como el español de Pedro Sánchez, además de causar pobreza y dolor, cometen otros atentados contra la dignidad y la Justicia, como la desigualdad en el reparto de la riqueza, las violaciones de la Constitución, la sucia tolerancia de la corrupción, el enriquecimiento de los líderes y el acoso y estigmatización de los disidentes, además de violaciones del Estado de Derecho, expolio fiscal del ciudadano y ataques a la Justicia independiente.
Experiencias de socialismo democrático, como las vividas en países nórdicos europeos, demuestran que elementos socialistas en marcos democráticos pueden reducir pobreza (del 5 al 7% en Suecia y Dinamarca) y elevar la felicidad.
Estos modelos combinan mercados libres con redes de seguridad social, logrando equidad sin autoritarismo.
La lección es clara: el socialismo puro, cuando se impone sin democracia, desde un Estado fuerte, tiende al desastre, pero no es justo culpar de la esclavitud, la pobreza y el dolor sólo al socialismo porque eso significa olvidar los horrores del capitalismo desregulado.
Francisco Rubiales