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El mundo está podrido hasta el tuétano y la culpa es de los políticos



El planeta se ha llenado de líderes desalmados, capaces de lo peor: gente en el poder como Putin, Trump, Sánchez, Macrón, Daniel Ortega, Mohamed VI y otros muchos, seres indignos, generadores de dolor y angustia y preparados para desatar la catástrofe.

Valga como ejemplo los dos decretos que quiere imponer el gobierno español de Pedro Sánchez, dos locuras que retirarán miles de pisos del mercado de alquiler y agravarán todavía más la ya terrible crisis de la vivienda en España.

El mundo no está simplemente enfermo: está podrido hasta el tuétano, y esa podredumbre no es un accidente de la historia, sino el resultado de una clase dirigente que ha convertido el poder en botín, la política en negocio y la justicia en privilegio.

La injusticia se ha adueñado de los gobiernos porque quienes mandan son gente sin ética ni valores que ya no gobiernan para el pueblo, sino para sí mismos, sus clientelas y los intereses que los sostienen.

Estamos de nuevo en las cloacas de la Historia, como en los más oscuros tiempos de la esclavitud, la desigualdad extrema, el vicio y la violencia desatada.
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Mientras el miedo a un estallido nuclear y a la corrupción devastadora avanzan como una plaga que nadie se atreve a extirpar de raíz, los valores retroceden, la verdad se vuelve negociable, el honor se considera ingenuidad y la decencia se trata como un obstáculo.

En no pocos países, los políticos se han transformado en la escoria de la humanidad: gente sin principios, sin vergüenza y con una sola obsesión, gobernar para robar y gozar de los privilegios del poder, mientras los pueblos pagan la factura con pobreza, miedo e indignidad.

La maldad avanza y el bien retrocede porque el sistema premia al cínico, protege al impune y castiga al honesto. La política se ha degradado hasta el punto de quedar, demasiadas veces, en manos de miserables que han aprendido a disfrazar la ambición de discurso, el saqueo de gestión y la mentira de narrativa.

Cada escándalo que no termina en cárcel, cada contrato amañado que no se investiga de verdad, cada privilegio que se disfruta a costa del erario, enseña a las nuevas generaciones que el atajo vale más que el deber.

Así se pudre una civilización: no solo por los grandes crímenes, sino por la costumbre diaria de mirar hacia otro lado mientras el poder se corrompe y la ciudadanía se acostumbra a ser saqueada.

La paz pende de un hilo porque quienes deberían custodiarla han convertido la tensión internacional en instrumento y la tecnología en arma.

La inteligencia artificial (IA), que podría aliviar el trabajo, curar enfermedades y ampliar el conocimiento, se orienta con alarmante frecuencia hacia la guerra, la vigilancia y la superioridad estratégica.

No es que la máquina sea malvada; es que quienes la financian, regulan y despliegan siguen siendo los mismos de siempre: elites viciosas que no rinden cuentas, gobiernos que desconfían de sus pueblos y aparatos que prefieren la disuasión del miedo a la construcción de la paz.

Cuando la innovación se pone al servicio del conflicto antes que de la vida, el mundo no avanza: se arma.

En lugar de crear un mundo que avance hacia la felicidad y la concordia, están creando un mundo de bombas, drones, asesinatos, drogas y legiones de corruptos miserables que se apoderan del poder para expandir el terror y la basura.

Los pueblos sufren porque han sido reducidos a espectadores de una farsa prostituida que se llama democracia y funciona como coto cerrado. Mientras las élites se turnan en el poder, firman treguas entre ellas y se perdonan mutuamente, las mayorías soportan inflaciones, guerras ajenas, instituciones capturadas y un futuro hipotecado.

El peligro de conflicto global no es una metáfora: es la consecuencia lógica de un orden donde la impunidad se ha normalizado, la palabra se ha devaluado y el bien común se ha convertido en slogan vacío.

Quien aún crea que esto se corrige con más de lo mismo no ha entendido el diagnóstico.

La denuncia persistente y la exigencia de regeneración no son gestos estéticos: son el último signo de dignidad de quienes se niegan a entregar el mundo a los malvados que lo han convertido en su cortijo.

Francisco Rubiales

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Jueves, 1 de Octubre 2026
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