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El matón del PSOE es inmune e impune



Es un fenómeno extraordinario en la política mundial. El fracaso convertido en victoria, la inutilidad hecha éxito o la derrota que sonríe. Nadie puede con él. Parece el diablo en persona.

A su país, España, lo tiene crucificado. Su última fechoría es haber convertido la ciudad de Ceuta en un infierno.

Pero, después de sus enormes fracasos, abusos y carencias, Pedro Sánchez sigue mandando. Su destino más probable es la cárcel, pero, por ahora, gobierna España, a pesar de comportarse como un pandillero inútil.

Es impune porque hasta ahora no ha sido castigado, e inmune porque, de momento, es invulnerable.

Nada pueden contra él ni los abucheos del pueblo, ni los odios desatados, ni los jueces, ni las críticas feroces de la "vieja guardia" del socialismo, con Felipe González y Alfonso Guerra a la cabeza. La Justicia merodea a su alrededor, pero no le toca. Su familia está procesada y su partido resquebrajado, pero sin romperse y él sigue en el poder, apoyado por lo peor de España, desde una turba socialista sin alma a unos aliados que son basura antiespañola, rodeado de una guardia pretoriana de fieles obedientes, a los que el "Gran Capo" regala poder y enriquece.

Pedro Sánchez se ha apoderado del Estado Español. Ha cortado las pelotas a la Monarquía y a las Fuerzas Armadas, ha colonizado las principales instituciones del Estado, ha puesto bajo su bota a la Fiscalía del Estado, a la Abogacía, al Tribunal Constitucional y a decenas de instituciones claves. Se ha convertido en un ser inmune, impune e intocable.

Los españoles que redactaron la Constitución de 1978 nunca imaginaron que un tipo tan astuto y osado como Pedro Sánchez llegaría al poder.

Para desgracia de los españoles, el texto que aprobaron no era democrático porque entregaba todo el poder a los partidos políticos, marginaba al ciudadano, tenía pocos controles al poder y carecía de mecanismos para impedir que un corrupto empedernido gobernara la nación.
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Cuando las reglas se encuentran con quien no las respeta, un sistema como el español no funciona porque no tiene armas para luchar contra un loco.

La Constitución del 78 se escribió para un país que salía del miedo y quería normas, no milagros. Imaginó presidentes discutibles, incluso tozudos, pero no imaginó, ni quiso imaginar a alguien tan desquiciado y osado, dispuesto a convertir cada resquicio legal en trinchera y cada realidad en mentira.

Sánchez gobierna en minoría, con presupuestos prorrogados, con socios que le afean la gestión y con el Congreso capaz de reprobarle sin poder echarle. El descarado sabe que la cuestión de confianza la plantea él, que la moción de censura exige un recambio que nadie se atreve a pactar, y que el calendario electoral sigue siendo suyo.

Esa es la perversión política del presente español: las instituciones funcionan lo bastante como para no salte el Golpe de Estado y lo bastante mal como para no corregir el abuso. La justicia merodea el entorno familiar y orgánico, pero el presidente no está condenado. La oposición suma votos de escándalo, pero no presenta un candidato. El partido se resquebraja, pero no se parte.

Cada poder hace su papel y ninguno cierra el círculo. Lo que el votante percibe como arrogancia es, en gran medida, el descubrimiento de que el deficiente sistema español premia a quien resiste más que a quien convence, al sinvergüenza más que al servidor público.

Los constituyentes pensaron en algunos contrapoderes, pero no en un presidente que convierte el contrapoder en ruido. Abucheos, mociones no vinculantes, barones críticos, socios que se desmarcan por Ceuta y luego vuelven al cálculo: todo eso cabe en la letra y la música de la ópera bufa sanchista.

Sánchez es sagaz, como dice la Biblia que son los hijos de las tinieblas.

Ha hecho de la polarización un método y del agotamiento ajeno una estrategia. No hace falta retratarlo como un malvado de folletín para ver el daño que causa. Cuando el jefe del Ejecutivo trata la Constitución como un reglamento de supervivencia, el reglamento sobrevive y la política se pudre.

"Nadie puede con él” hoy porque tumbarle exige lo que sus rivales no ofrecen: una alternativa. No cae porque está rodeado de mediocres y porque el pueblo que le odia le tiene miedo y seguirá estando castrado mientras su descaro sea más fuerte que el asco que produce su corrupción.

Pedro es el flagelo de España y si le dan tiempo suficiente lo será también de Europa.

Francisco Rubiales

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Sábado, 19 de Septiembre 2026
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