La advertencia del científico David Gross no describe un destino escrito en las estrellas, sino el resultado acumulado de decisiones humanas reiteradas. Es el anticipo intelectual del fracaso de los humanos.
El futuro no tiene más de 35 años. Esa cifra no brota de un cometa ni de una rebelión de las máquinas: brota de un orden político que ha dejado caducar los acuerdos de no proliferación, se rearma sin freno, ha multiplicado las potencias nucleares, ha normalizado el lenguaje de la amenaza atómica y ha convertido la guerra en el centro de Europa, el bombardeo de Irán o el roce entre India y Pakistán en noticias rutinarias.
El drama es institucional. Quienes detentan el poder parecen desear la muerte colectiva. Un mundo gobernado por tipos tan deficientes y detestables como Trump, Putin, Xi Jinping, Sánchez, Mohamed VI, Netanyahu y otros semejantes es un auténtico asco.
Dios y los grandes valores han sido expulsados del mundo que decide y eso degrada la Humanidad y agrega más nubes negras al futuro.
En ese tablero, la Inteligencia Artificial no es el villano originario, sino el acelerador que la clase dirigente ha introducido.
En la primavera de 2026 una IA equivocó la carga de un buque chino. Creyó que era material nuclear con destino a Irán. Un informe falso recorrió la cadena de mando y Estados Unidos estuvo a minutos de un abordaje que podría haber abierto una guerra entre superpotencias. La cadena de mandos interpretó mal unas señales falsas y el mundo estuvo al borde del drama final. Posteriormente se han producido otros errores que, por el momento, fueron subsanados a tiempo.
Las cadenas de mando están diseñadas por gobiernos que quieren ventaja algorítmica antes que tiempo para pensar.
Lo que une el abandono de los tratados, la carrera de armamentos y la militarización de la IA es un mismo vicio de la política contemporánea: el horizonte corto. Nadie piensa en décadas; todos piensan con rapidez temeraria.
Cuando desaparecen los acuerdos de control, cuando se habla del empleo de armas nucleares como herramienta de coerción y cuando se integra la IA en el mando sin normas vinculantes entre potencias, no estamos ante un accidente técnico, sino ante una clase que ha privatizado el prestigio del poder y socializado el riesgo existencial.
El “fin del mundo” no será un acto de magia oscura: será la suma de vanidades, de rivalidades de egos y estatus entre Washington, Pekín y Moscú, de electorados alimentados con miedo y de élites que confunden disuasión con bravuconería.
La corrupción aquí no es solo el soborno; es la indiferencia calculada hacia consecuencias nefastas.
Nadie es capaz de dar los pasos necesarios para asegurar la supervivencia. El algoritmo se impone sobre la prudencia y la cordura. Nadie establece controles a la IA. Las cadenas de mandos están, no pocas veces, en manos de psicópatas o, al menos, de imbéciles engreídos y suicidas.
El negro y corto futuro que se perfila —guerra mundial probable, error de IA, escalada nuclear— es el producto de una política que ha dejado de tratar la supervivencia como bien común y la ha convertido en ficha de un juego de prestigio. Si hay drama, no es el destino: es el gobierno de quienes pueden parar y no paran.
Francisco Rubiales
El futuro no tiene más de 35 años. Esa cifra no brota de un cometa ni de una rebelión de las máquinas: brota de un orden político que ha dejado caducar los acuerdos de no proliferación, se rearma sin freno, ha multiplicado las potencias nucleares, ha normalizado el lenguaje de la amenaza atómica y ha convertido la guerra en el centro de Europa, el bombardeo de Irán o el roce entre India y Pakistán en noticias rutinarias.
El drama es institucional. Quienes detentan el poder parecen desear la muerte colectiva. Un mundo gobernado por tipos tan deficientes y detestables como Trump, Putin, Xi Jinping, Sánchez, Mohamed VI, Netanyahu y otros semejantes es un auténtico asco.
Dios y los grandes valores han sido expulsados del mundo que decide y eso degrada la Humanidad y agrega más nubes negras al futuro.
En ese tablero, la Inteligencia Artificial no es el villano originario, sino el acelerador que la clase dirigente ha introducido.
En la primavera de 2026 una IA equivocó la carga de un buque chino. Creyó que era material nuclear con destino a Irán. Un informe falso recorrió la cadena de mando y Estados Unidos estuvo a minutos de un abordaje que podría haber abierto una guerra entre superpotencias. La cadena de mandos interpretó mal unas señales falsas y el mundo estuvo al borde del drama final. Posteriormente se han producido otros errores que, por el momento, fueron subsanados a tiempo.
Las cadenas de mando están diseñadas por gobiernos que quieren ventaja algorítmica antes que tiempo para pensar.
Lo que une el abandono de los tratados, la carrera de armamentos y la militarización de la IA es un mismo vicio de la política contemporánea: el horizonte corto. Nadie piensa en décadas; todos piensan con rapidez temeraria.
Cuando desaparecen los acuerdos de control, cuando se habla del empleo de armas nucleares como herramienta de coerción y cuando se integra la IA en el mando sin normas vinculantes entre potencias, no estamos ante un accidente técnico, sino ante una clase que ha privatizado el prestigio del poder y socializado el riesgo existencial.
El “fin del mundo” no será un acto de magia oscura: será la suma de vanidades, de rivalidades de egos y estatus entre Washington, Pekín y Moscú, de electorados alimentados con miedo y de élites que confunden disuasión con bravuconería.
La corrupción aquí no es solo el soborno; es la indiferencia calculada hacia consecuencias nefastas.
Nadie es capaz de dar los pasos necesarios para asegurar la supervivencia. El algoritmo se impone sobre la prudencia y la cordura. Nadie establece controles a la IA. Las cadenas de mandos están, no pocas veces, en manos de psicópatas o, al menos, de imbéciles engreídos y suicidas.
El negro y corto futuro que se perfila —guerra mundial probable, error de IA, escalada nuclear— es el producto de una política que ha dejado de tratar la supervivencia como bien común y la ha convertido en ficha de un juego de prestigio. Si hay drama, no es el destino: es el gobierno de quienes pueden parar y no paran.
Francisco Rubiales