Aunque la moción carece de fuerza jurídica vinculante, representa algo mucho más profundo: el Parlamento —la sede de la soberanía nacional— ha retirado formalmente la confianza al Ejecutivo.
Una Cámara que lo invistió ahora le exige que demuestre si sigue contando con el respaldo de la mayoría o que se vaya. Ignorar esto es pisotear el principio básico de la democracia parlamentaria.
Sánchez se aferra a una legitimidad de origen que se ha evaporado en la práctica. Fue investido gracias a una mayoría frágil y comprada con indultos, amnistías y cesiones territoriales. Esa mayoría se ha roto.
Hoy gobierna sin presupuestos generales actualizados, con derrotas parlamentarias recurrentes y con el rechazo explícito de la Cámara.
Mantenerse en La Moncloa contra la voluntad expresada por la mayoría de los representantes del pueblo no es defender la democracia: es secuestrarla.
Es el comportamiento típico del vulgar tirano, de quien antepone su supervivencia personal y la de su corte al interés general.
Sánchez ya no tiene sitio en Europa, ni en la OTAN, ni en cualquier foro mundial donde se reúnen países democráticos. Sólo tiene sitio en los aquelarres de dictadores y autócratas inmorales.
La Constitución otorga al presidente la facultad de disolver las Cortes y convocar elecciones, precisamente para resolver crisis como esta. Negarse a hacerlo, parapetándose en tecnicismos legales mientras ignora el clamor parlamentario y popular, convierte su permanencia en un ejercicio de pura arrogancia autoritaria.
El socialista es un Gobierno agonizante que sobrevive gracias a la descomposición ética de sus aliados y a la compra de voluntades.
La ola de corrupción que rodea a su entorno (Begoña Gómez, Koldo, Ábalos, Santos Cerdán y otros) solo agrava la ilegitimidad moral.
España no se merece un presidente que se agarra al poder contra la voluntad del Congreso y de una mayoría creciente de ciudadanos.
Mientras Sánchez siga instalado en La Moncloa ignorando la moción del 25 de junio, su Gobierno carecerá de legitimidad democrática plena. Solo unas elecciones inmediatas o la cuestión de confianza perdida pueden restaurar el orden constitucional.
Cualquier otra cosa es pura usurpación del poder.
Francisco Rubiales
Una Cámara que lo invistió ahora le exige que demuestre si sigue contando con el respaldo de la mayoría o que se vaya. Ignorar esto es pisotear el principio básico de la democracia parlamentaria.
Sánchez se aferra a una legitimidad de origen que se ha evaporado en la práctica. Fue investido gracias a una mayoría frágil y comprada con indultos, amnistías y cesiones territoriales. Esa mayoría se ha roto.
Hoy gobierna sin presupuestos generales actualizados, con derrotas parlamentarias recurrentes y con el rechazo explícito de la Cámara.
Mantenerse en La Moncloa contra la voluntad expresada por la mayoría de los representantes del pueblo no es defender la democracia: es secuestrarla.
Es el comportamiento típico del vulgar tirano, de quien antepone su supervivencia personal y la de su corte al interés general.
Sánchez ya no tiene sitio en Europa, ni en la OTAN, ni en cualquier foro mundial donde se reúnen países democráticos. Sólo tiene sitio en los aquelarres de dictadores y autócratas inmorales.
La Constitución otorga al presidente la facultad de disolver las Cortes y convocar elecciones, precisamente para resolver crisis como esta. Negarse a hacerlo, parapetándose en tecnicismos legales mientras ignora el clamor parlamentario y popular, convierte su permanencia en un ejercicio de pura arrogancia autoritaria.
El socialista es un Gobierno agonizante que sobrevive gracias a la descomposición ética de sus aliados y a la compra de voluntades.
La ola de corrupción que rodea a su entorno (Begoña Gómez, Koldo, Ábalos, Santos Cerdán y otros) solo agrava la ilegitimidad moral.
España no se merece un presidente que se agarra al poder contra la voluntad del Congreso y de una mayoría creciente de ciudadanos.
Mientras Sánchez siga instalado en La Moncloa ignorando la moción del 25 de junio, su Gobierno carecerá de legitimidad democrática plena. Solo unas elecciones inmediatas o la cuestión de confianza perdida pueden restaurar el orden constitucional.
Cualquier otra cosa es pura usurpación del poder.
Francisco Rubiales