El Valle de los Caídos, todo un símbolo de la fe española que el gobierno quiere eliminar y que la Iglesia no sabe defender
La Iglesia Católica en España, antaño pilar inquebrantable de la sociedad y la moral nacional, se desmorona bajo el peso de sus propias divisiones internas. Lo que fue un bastión de unidad espiritual y cultural se ha convertido en un campo de batalla ideológico, donde cardenales, obispos y sacerdotes se enfrentan con ideas opuestas, alineándose con gobiernos u oposiciones, según convenga, y priorizando privilegios económicos sobre la doctrina eterna.
Esta fractura no es un mero desacuerdo teológico, sino el veneno que ha acelerado el descenso vertiginoso del número de practicantes.
España necesita a la Iglesia para escapar del sanchismo y recuperar la fortaleza, la ilusión, los valores y la decencia, pero la Iglesia está envuelta en sus propios dramas y pocos cristianos la encuentran.
En un país como España, donde el catolicismo definía la identidad, solo el 56,1% de la población se identifica como católica en 2025, un derrumbe de 15 puntos porcentuales en poco más de una década.
Apenas el 13,6% practica su fe activamente, asistiendo a misa. En 2023, solo 8,2 millones de personas acudieron a la misa dominical, tres veces menos que los 24,5 millones de 1973.
Esta hemorragia de fieles es el resultado directo de una jerarquía dividida, politizada y cobarde. El alto clero está alejado del pueblo y de la realidad y es víctima de un escándalo tras otro. Cardenales y obispos sucumben a divisiones y disputas que recuerdan más a los partidos políticos que a una institución que afirma representar lo divino.
Un ejemplo real de división: los obispos de Oviedo y Alicante se desmarcan del Episcopado y critican la regularización masiva de inmigrantes que impulsa el gobierno: «Todos no caben».
Parte del clero critica el socialismo como una ideología enemiga de Dios y de la vida, pero otra mantiene un silencio cómplice o incluso apoya reformas progresistas como el aborto, el matrimonio gay y las invasión descontrolada de inmigrantes.
Obispos como José Ignacio Munilla hablan de socialismo como "un enemigo de la cruz", pero otros, temerosos de enfrentarse al poder, evitan condenas o, incluso, colaboran, como el cardenal madrileño Cobo.
Esta sumisión al gobierno revela un miedo patético a perder ayudas y privilegios. La Iglesia recibe subsidios estatales millonarios, y su influencia institucional se mantiene a costa de compromisos que diluyen su mensaje.
El drama se agrava en regiones como el País Vasco y Cataluña, donde parte del clero apoya abiertamente movimientos independentistas, priorizando agendas nacionalistas sobre la unidad católica. Sacerdotes vascos y catalanes han respaldado consultas de independencia, escandalizando a buena parte del mundo cristiano.
En 2017, durante la crisis catalana, el apoyo a la secesión por parte del clero dividió terriblemente a la feligresía.
Peor aún es la tolerancia de algunos curas hacia el aborto, un pecado grave que la doctrina condena como "un crimen abominable". Mientras la Iglesia oficial rechaza el aborto en todas sus formas.
La existencia de voces disidentes dentro del clero erosiona la credibilidad. En un país donde el gobierno socialista ha aprobado leyes que promueven el asesinato de los bebés en los vientres maternos, como "derecho", la Iglesia debería rugir en condena, no susurrar excusas.
Nada menos que 23.000 púlpitos desaprovechados para influir, cristianizar y promover valores como la libertad, la honradez, la democracia y la rebelión contra el abuso de poder y la iniquidad. Discursos dispares en la Conferencia Episcopal y en las 23.000 parroquias católicas.
El impresionante ejército de púlpitos podrían ser baluartes de la fe unificada, pero cada cura lanza un discurso distinto, reflejando las divisiones: uno condena el socialismo, otro lo ignora; uno defiende la vida, otro matiza el aborto. Esta cacofonía desaprovecha un potencial evangelizador inmenso, dejando a millones de católicos confusos y desmotivados.
En lugar de un mensaje coherente, la Iglesia ofrece un mosaico ideológico que acelera su decadencia.
De todos los pecados actuales del catolicismo en España, quizás el peor de todos sea la cobardía ante el socialismo. Ningún obispo o sacerdote se atreve a hablar de la gran verdad de que "el socialismo es incompatible con el mensaje de Jesús", de que la mentira no es cristiana, que el amor debe sustituir al odio, que propagar la división y el enfrentamiento es contrario a Dios, que la familia, dinamitada por la izquierda falsamente progresista, es sagrada.
La Iglesia, desde el Vaticano, ha rechazado el socialismo durante siglos, desde Pío XI, que lo llamó "irreconciliable con el verdadero cristianismo", pero ante gobiernos socialistas, la jerarquía opta por el silencio o la colaboración, como el escandaloso acuerdo sobre el Valle de los Caídos.
Toda esta amalgama eclesiástica de pusilanimidad, miedo, apego al poder, cercanía al lujo, incapacidad para predicar el verdadero mensaje y la lucha decidida contra la corrupción y la injusticia está provocando la huida de los jóvenes de los templos y de la fe. Hoy, sólo el 34% de los de 18 a 24 años se identifican como católicos.
La Iglesia Católica española está en crisis terminal. Si no recupera la unidad doctrinal, condena sin miedo al socialismo y prioriza la fe sobre los privilegios, se condenará a la irrelevancia. Millones de fieles esperan un liderazgo valiente, no una jerarquía dividida y temerosa. El tiempo se agota: o renace en la verdad, o muere en la decadencia.
Francisco Rubiales
Esta fractura no es un mero desacuerdo teológico, sino el veneno que ha acelerado el descenso vertiginoso del número de practicantes.
España necesita a la Iglesia para escapar del sanchismo y recuperar la fortaleza, la ilusión, los valores y la decencia, pero la Iglesia está envuelta en sus propios dramas y pocos cristianos la encuentran.
En un país como España, donde el catolicismo definía la identidad, solo el 56,1% de la población se identifica como católica en 2025, un derrumbe de 15 puntos porcentuales en poco más de una década.
Apenas el 13,6% practica su fe activamente, asistiendo a misa. En 2023, solo 8,2 millones de personas acudieron a la misa dominical, tres veces menos que los 24,5 millones de 1973.
Esta hemorragia de fieles es el resultado directo de una jerarquía dividida, politizada y cobarde. El alto clero está alejado del pueblo y de la realidad y es víctima de un escándalo tras otro. Cardenales y obispos sucumben a divisiones y disputas que recuerdan más a los partidos políticos que a una institución que afirma representar lo divino.
Un ejemplo real de división: los obispos de Oviedo y Alicante se desmarcan del Episcopado y critican la regularización masiva de inmigrantes que impulsa el gobierno: «Todos no caben».
Parte del clero critica el socialismo como una ideología enemiga de Dios y de la vida, pero otra mantiene un silencio cómplice o incluso apoya reformas progresistas como el aborto, el matrimonio gay y las invasión descontrolada de inmigrantes.
Obispos como José Ignacio Munilla hablan de socialismo como "un enemigo de la cruz", pero otros, temerosos de enfrentarse al poder, evitan condenas o, incluso, colaboran, como el cardenal madrileño Cobo.
Esta sumisión al gobierno revela un miedo patético a perder ayudas y privilegios. La Iglesia recibe subsidios estatales millonarios, y su influencia institucional se mantiene a costa de compromisos que diluyen su mensaje.
El drama se agrava en regiones como el País Vasco y Cataluña, donde parte del clero apoya abiertamente movimientos independentistas, priorizando agendas nacionalistas sobre la unidad católica. Sacerdotes vascos y catalanes han respaldado consultas de independencia, escandalizando a buena parte del mundo cristiano.
En 2017, durante la crisis catalana, el apoyo a la secesión por parte del clero dividió terriblemente a la feligresía.
Peor aún es la tolerancia de algunos curas hacia el aborto, un pecado grave que la doctrina condena como "un crimen abominable". Mientras la Iglesia oficial rechaza el aborto en todas sus formas.
La existencia de voces disidentes dentro del clero erosiona la credibilidad. En un país donde el gobierno socialista ha aprobado leyes que promueven el asesinato de los bebés en los vientres maternos, como "derecho", la Iglesia debería rugir en condena, no susurrar excusas.
Nada menos que 23.000 púlpitos desaprovechados para influir, cristianizar y promover valores como la libertad, la honradez, la democracia y la rebelión contra el abuso de poder y la iniquidad. Discursos dispares en la Conferencia Episcopal y en las 23.000 parroquias católicas.
El impresionante ejército de púlpitos podrían ser baluartes de la fe unificada, pero cada cura lanza un discurso distinto, reflejando las divisiones: uno condena el socialismo, otro lo ignora; uno defiende la vida, otro matiza el aborto. Esta cacofonía desaprovecha un potencial evangelizador inmenso, dejando a millones de católicos confusos y desmotivados.
En lugar de un mensaje coherente, la Iglesia ofrece un mosaico ideológico que acelera su decadencia.
De todos los pecados actuales del catolicismo en España, quizás el peor de todos sea la cobardía ante el socialismo. Ningún obispo o sacerdote se atreve a hablar de la gran verdad de que "el socialismo es incompatible con el mensaje de Jesús", de que la mentira no es cristiana, que el amor debe sustituir al odio, que propagar la división y el enfrentamiento es contrario a Dios, que la familia, dinamitada por la izquierda falsamente progresista, es sagrada.
La Iglesia, desde el Vaticano, ha rechazado el socialismo durante siglos, desde Pío XI, que lo llamó "irreconciliable con el verdadero cristianismo", pero ante gobiernos socialistas, la jerarquía opta por el silencio o la colaboración, como el escandaloso acuerdo sobre el Valle de los Caídos.
Toda esta amalgama eclesiástica de pusilanimidad, miedo, apego al poder, cercanía al lujo, incapacidad para predicar el verdadero mensaje y la lucha decidida contra la corrupción y la injusticia está provocando la huida de los jóvenes de los templos y de la fe. Hoy, sólo el 34% de los de 18 a 24 años se identifican como católicos.
La Iglesia Católica española está en crisis terminal. Si no recupera la unidad doctrinal, condena sin miedo al socialismo y prioriza la fe sobre los privilegios, se condenará a la irrelevancia. Millones de fieles esperan un liderazgo valiente, no una jerarquía dividida y temerosa. El tiempo se agota: o renace en la verdad, o muere en la decadencia.
Francisco Rubiales