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Donald Trump se comporta en Groenlandia como un pirata



En el presidente de Estados Unidos conviven dos personajes: un héroe capaz de liberar a Venezuela del tirano Maduro y un depredador sinvergüenza y arrogante, dispuesto a robar Groenlandia.

Trump tiene también un siniestro lado oscuro que puede hacerle pasar a la Historia como un sucio totalitario.

En lo que se refiere a Groenlandia, Donal Trump no se comporta como un libertador, ni como un demócrata, sino como un pirata ladrón que amenaza con tomar por la fuerza ese territorio de Dinamarca.

El de Trump es el mismo espíritu pirata que masacró a los indios de las praderas norteamericanas y el que utilizó la mentira del hundimiento del Maine para atacar a España, en 1898.

Nada le impide a Estados Unidos ampliar su presencia militar hasta el infinito en Groenlandia, como le está permitido en los tratados vigentes, sin tener que recurrir a la violencia y a la clásica piratería anglosajona.
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El asalto a Groenlandia es un acto que se encuadra en el movimiento MAGA (Make America Great Again) en EE. UU., una corriente política populista de derecha, liderada por Donald Trump, caracterizada por el nacionalismo ("América Primero"), proteccionismo económico (aranceles) y posturas nativistas/conservadoras, que atrae a la clase trabajadora y critica el orden establecido, buscando un retorno a valores tradicionales y un enfoque aislacionista, con rasgos de autoritarismo y supremacía blanca.

Esta actitud imperialista revela un desprecio absoluto por el derecho internacional y la autonomía de las naciones, donde el poderío económico y militar de Estados Unidos se convierte en una herramienta de extorsión.

Trump, con su oferta de compra seguida de veladas amenazas, evoca la era de los corsarios que saqueaban sin remordimientos, priorizando el botín estratégico sobre cualquier principio ético o diplomático, y exponiendo así el lado más oscuro del alma americana.

Este espíritu pirata es el mismo que impulsó el genocidio de los indígenas en las praderas norteamericanas, donde la expansión territorial se justificó con mentiras y violencia sistemática, y el que fabricó la excusa del hundimiento del Maine para invadir Cuba y Filipinas en 1898, robando colonias a España bajo el pretexto de liberación.

Trump revive esta tradición infame, donde la codicia se disfraza de interés nacional, perpetuando un legado de conquistas basadas en el engaño y la fuerza bruta. En lugar de evolucionar hacia un liderazgo responsable, su enfoque en Groenlandia perpetúa el ciclo de abusos históricos que han manchado la reputación global de Estados Unidos.

Con este comportamiento sucio y matón, Trump corre el riesgo de que su intervención libertadora en Venezuela contra el tirano Maduro quede sepultada bajo el peso de su piratería flagrante.

Nada impide que Estados Unidos amplíe su presencia militar en Groenlandia de manera legítima, mediante acuerdos mutuos y diplomacia genuina, sin recurrir a la mentira ni al abuso de poder. Sin embargo, optando por la vía del ladrón, Trump no solo socava su propia credibilidad, sino que invita al mundo a cuestionar si el “líder del mundo libre” es en realidad un depredador disfrazado, erosionando alianzas y fomentando el resentimiento global.

Una negra tormenta de sombras y suciedades convive con el heroísmo libertador demostrado por Trump en Venezuela. En esas sombras están su afecto por la corrupta chavista Delcy Rodríguez, su desprecio a la dirigente democrática María Corina Machado, querida por el pueblo, y sus amenazas y desprecios a los países de Europa, que han demostrado con creces, durante muchas décadas, ser los más fieles aliados de Washington.

Francisco Rubiales


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Viernes, 16 de Enero 2026
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