La prostitución en Cuba, más que un vicio o una forma de enriquecerse, es una vía de supervivencia.
Todos hablan de la isla de Epstein, pero la isla de los infames Castro es peor.
Un rosario de famosos amigos de Fidel y de personajes aliados de la revolución fueron "agasajados" por los dirigentes cubanos, durante décadas, con sesiones de sexo fresco, con menores de edad de ambos sexos incluidos. Maradona fue uno de los invitados y aseguran que García Márquez iba a La Habana a saciar sus ganas homosexuales con jovencitos.
Muchos fueron los visitantes privilegiados de Cuba desde el triunfo de la Revolución, alojados en los palacetes de la Quinta Avenida y Cubanacan, expropiados a los millonarios de antes de la Revolución, donde disfrutaban de acceso directo a Fidel Castro y se les servían "menús variados" de sexo exquisito.
Bañarlos en alcohol y sexo y llevarlos al Ballet Tropicana era el menú básico para los personajes importantes a los que la Revolución quería "cautivar".
Aseguran en Cuba que el cantante Silvio Rodríguez fue agasajado con sexo variado en los años 70-80, mientras era artista protegido del Estado.
Michelangelo Antonioni fue invitado oficial a Cuba en los años 70. Integrado al circuito de intelectuales europeos con acceso a ocio, «escorts culturales» y privilegios. El ICAIC y el MINCULT facilitaban acompañantes como parte del «paquete diplomático».
Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, conocidos pedófilos, visitaron Cuba en 1960. Está documentado en diarios y cartas su fascinación con la juventud cubana y la erotización del «hombre nuevo».
Chico Buarque tuvo estancias prolongadas en Cuba en los 70-80. Existen testimonios de intelectuales brasileños exiliados que describen un ambiente de sexo fácil para invitados ideológicamente confiables.
Eduardo Galeano, visitante habitual, describe su vida nocturna protegida, los hoteles para extranjeros y acompañantes. Muchos intelectuales y escritores que ladraban contra el «imperialismo sexual» disfrutaba el sistema en Cuba.
Entre los 80 y los 90, hubo redes coordinadas de hoteles, guías, jineteras (prostitutas en el argot cubano) y personal de seguridad del Estado. No era ligue casual porque había intermediación y planificación: traductores, funcionarios culturales, choferes, recepcionistas de confianza. Las acompañantes eran escogidas y conocían su misión. Se valoraba su "entrega", discreción, lealtad política y el silencio posterior. Muchos de los que se tendían en las camas eran agentes colaboradores de la seguridad.
Todo ocurría en espacios cerrados. En casas de protocolo, en bungalows aislados y pisos reservados de hoteles. Había entradas y salidas sin registro visible, horarios protegidos y, aparentemente, cero cámaras, aunque algunos encuentros eran filmados para posible uso futuro. La intimidad incluía alcohol importado, comida inaccesible para el cubano común y música privada.
La Revolución creó un mundo de lujo, alcohol y sexo exclusivo, reservado para privilegiados y algunos mandos de la Revolución.
En torno a aquel burdel mundial, verdadera Sodoma y Gomorra caribeña, el pueblo cubano, ignorante de todo ese montaje elitista en una revolución que se proclamaba igualitaria y del pueblo, vivía en silencio su pobreza y esclavitud.
Miles de extranjeros han ido a Cuba a tener sexo con menores de edad, a casarse con niñas, con el consentimiento de los padres, siempre con la vista gorda de las autoridades.
No es cierto, como dicen los castristas, que la Cuba de Batista era el mayor prostíbulo de América. El que ellos han creado es mayor y más triste.
A Fidel Castro y a sus acólitos no les hacía falta codearse con Epstein para gozar de carne fresca porque tenían una finca propia, con mucha menos transparencia de documentación que los pudiera delatar en el futuro.
Francisco Rubiales
Un rosario de famosos amigos de Fidel y de personajes aliados de la revolución fueron "agasajados" por los dirigentes cubanos, durante décadas, con sesiones de sexo fresco, con menores de edad de ambos sexos incluidos. Maradona fue uno de los invitados y aseguran que García Márquez iba a La Habana a saciar sus ganas homosexuales con jovencitos.
Muchos fueron los visitantes privilegiados de Cuba desde el triunfo de la Revolución, alojados en los palacetes de la Quinta Avenida y Cubanacan, expropiados a los millonarios de antes de la Revolución, donde disfrutaban de acceso directo a Fidel Castro y se les servían "menús variados" de sexo exquisito.
Bañarlos en alcohol y sexo y llevarlos al Ballet Tropicana era el menú básico para los personajes importantes a los que la Revolución quería "cautivar".
Aseguran en Cuba que el cantante Silvio Rodríguez fue agasajado con sexo variado en los años 70-80, mientras era artista protegido del Estado.
Michelangelo Antonioni fue invitado oficial a Cuba en los años 70. Integrado al circuito de intelectuales europeos con acceso a ocio, «escorts culturales» y privilegios. El ICAIC y el MINCULT facilitaban acompañantes como parte del «paquete diplomático».
Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, conocidos pedófilos, visitaron Cuba en 1960. Está documentado en diarios y cartas su fascinación con la juventud cubana y la erotización del «hombre nuevo».
Chico Buarque tuvo estancias prolongadas en Cuba en los 70-80. Existen testimonios de intelectuales brasileños exiliados que describen un ambiente de sexo fácil para invitados ideológicamente confiables.
Eduardo Galeano, visitante habitual, describe su vida nocturna protegida, los hoteles para extranjeros y acompañantes. Muchos intelectuales y escritores que ladraban contra el «imperialismo sexual» disfrutaba el sistema en Cuba.
Entre los 80 y los 90, hubo redes coordinadas de hoteles, guías, jineteras (prostitutas en el argot cubano) y personal de seguridad del Estado. No era ligue casual porque había intermediación y planificación: traductores, funcionarios culturales, choferes, recepcionistas de confianza. Las acompañantes eran escogidas y conocían su misión. Se valoraba su "entrega", discreción, lealtad política y el silencio posterior. Muchos de los que se tendían en las camas eran agentes colaboradores de la seguridad.
Todo ocurría en espacios cerrados. En casas de protocolo, en bungalows aislados y pisos reservados de hoteles. Había entradas y salidas sin registro visible, horarios protegidos y, aparentemente, cero cámaras, aunque algunos encuentros eran filmados para posible uso futuro. La intimidad incluía alcohol importado, comida inaccesible para el cubano común y música privada.
La Revolución creó un mundo de lujo, alcohol y sexo exclusivo, reservado para privilegiados y algunos mandos de la Revolución.
En torno a aquel burdel mundial, verdadera Sodoma y Gomorra caribeña, el pueblo cubano, ignorante de todo ese montaje elitista en una revolución que se proclamaba igualitaria y del pueblo, vivía en silencio su pobreza y esclavitud.
Miles de extranjeros han ido a Cuba a tener sexo con menores de edad, a casarse con niñas, con el consentimiento de los padres, siempre con la vista gorda de las autoridades.
No es cierto, como dicen los castristas, que la Cuba de Batista era el mayor prostíbulo de América. El que ellos han creado es mayor y más triste.
A Fidel Castro y a sus acólitos no les hacía falta codearse con Epstein para gozar de carne fresca porque tenían una finca propia, con mucha menos transparencia de documentación que los pudiera delatar en el futuro.
Francisco Rubiales