Sánchez, mitad loco, mitad tirano y envuelto en la peor de las corrupciones
La rebelión interna en el PSOE contra Pedro Sánchez se ha intensificado debido a escándalos de ineptitud, acoso sexual y corrupción, que han erosionado la credibilidad del partido. Un amigo cercano a Sánchez, como Francisco Salazar, ha sido acusado de acoso por varias mujeres y las denuncias internas han permanecido ignoradas durante meses, lo que ha provocado una fuerte reacción de rechazo dentro del partido, sobre todo entre las mujeres.
Líderes regionales socialistas han criticado públicamente esta inacción, argumentando que pone en duda la esencia del socialismo.
Hasta sindicatos como CCOO exigen tolerancia cero con la corrupción y el machismo, y aliados como Sumar acusan al PSOE de ignorar investigaciones, lo que evidencia una fractura profunda que amenaza la unidad del partido.
Esta disidencia no se limita a voces aisladas; alcaldes y presidentes regionales del PSOE presionan en privado por un adelanto electoral, convencidos de que Sánchez se ha convertido en un lastre electoral. Muchos de ellos han comprobado como la presencia de Sánchez en sus ciudades y regiones restaba votos y despertaba la furia de los votantes.
Escándalos de corrupción, como los que involucran a su mano derecha Santos Cerdán en la presunta falsificación de las primarias de 2014, han desatado protestas masivas frente a la sede del partido en Ferraz, Madrid, donde miles exigen su dimisión. Líderes históricos como Felipe González, Jordi Sevilla, Joaquín Leguina, Emiliano García-Page y muchos más han elevado el tono, criticando la "podemización" del PSOE y su deriva hacia alianzas controvertidas con separatistas catalanes, que han retirado su apoyo parlamentario.
Esta rebelión refleja un temor fundado: el PSOE ha sufrido derrotas históricas en elecciones regionales, como en Extremadura, donde VOX ha capitalizado el descontento, y encuestas internas predicen una pérdida masiva de votos en otras autonomías.
Desde el ámbito de los demócratas españoles, la oposición a Sánchez trasciende el PSOE y se centra en su gestión autoritaria y polarizadora, que ha socavado las instituciones democráticas. Alianzas con independentistas catalanes y vascos, como el pacto con Junts que incluyó amnistías controvertidas, han sido vistas como una traición a la unidad nacional y la Constitución, generando una polarización asimétrica donde Sánchez acusa a la oposición de "ruido" mientras ignora crisis como las inundaciones en Valencia o cortes de energía.
Críticos como el Frente Obrero han liderado manifestaciones exigiendo "Sánchez a prisión", argumentando que su gobierno perpetúa la corrupción sistémica y el clientelismo, con informes policiales confirmando irregularidades en su ascenso al poder.
Esta rebelión democrática resalta cómo Sánchez ha priorizado su supervivencia política sobre el bien común, llevando a España a un estancamiento presupuestario de tres años sin llamar a elecciones, lo que viola el principio básico de la redición de cuentas al pueblo.
La confluencia de las rebeliones antisanchistas subraya un agotamiento generalizado: Sánchez resiste, pero su gobierno minoritario y sus apoyos se desmoronan. Demócratas españoles, incluyendo intelectuales y ciudadanos independientes, ven en esto también un riesgo para la estabilidad europea, con España convertida en en país molesto y apestado por su corrupción y desprestigio.
La última jugada de Sánchez, la legalización de más de medio millón de inmigrantes ilegales ha sido interpretada por muchos como un recurso desesperado y corrupto para ganar las elecciones con votos comprados. Los críticos definen ese movimiento como un "pucherazo en diferido".
La presión para celebrar elecciones anticipadas crece, no solo por escándalos, sino por un fracaso en reformas sociales y económicas, donde el crecimiento se atribuye a factores externos mientras la desigualdad persiste. Esta insurrección, tanto interna como cívica, no es mera oposición; es pura defensa de la democracia contra un liderazgo corrupto y envilecido que prioriza el poder personal sobre la ética y la transparencia.
Francisco Rubiales
Líderes regionales socialistas han criticado públicamente esta inacción, argumentando que pone en duda la esencia del socialismo.
Hasta sindicatos como CCOO exigen tolerancia cero con la corrupción y el machismo, y aliados como Sumar acusan al PSOE de ignorar investigaciones, lo que evidencia una fractura profunda que amenaza la unidad del partido.
Esta disidencia no se limita a voces aisladas; alcaldes y presidentes regionales del PSOE presionan en privado por un adelanto electoral, convencidos de que Sánchez se ha convertido en un lastre electoral. Muchos de ellos han comprobado como la presencia de Sánchez en sus ciudades y regiones restaba votos y despertaba la furia de los votantes.
Escándalos de corrupción, como los que involucran a su mano derecha Santos Cerdán en la presunta falsificación de las primarias de 2014, han desatado protestas masivas frente a la sede del partido en Ferraz, Madrid, donde miles exigen su dimisión. Líderes históricos como Felipe González, Jordi Sevilla, Joaquín Leguina, Emiliano García-Page y muchos más han elevado el tono, criticando la "podemización" del PSOE y su deriva hacia alianzas controvertidas con separatistas catalanes, que han retirado su apoyo parlamentario.
Esta rebelión refleja un temor fundado: el PSOE ha sufrido derrotas históricas en elecciones regionales, como en Extremadura, donde VOX ha capitalizado el descontento, y encuestas internas predicen una pérdida masiva de votos en otras autonomías.
Desde el ámbito de los demócratas españoles, la oposición a Sánchez trasciende el PSOE y se centra en su gestión autoritaria y polarizadora, que ha socavado las instituciones democráticas. Alianzas con independentistas catalanes y vascos, como el pacto con Junts que incluyó amnistías controvertidas, han sido vistas como una traición a la unidad nacional y la Constitución, generando una polarización asimétrica donde Sánchez acusa a la oposición de "ruido" mientras ignora crisis como las inundaciones en Valencia o cortes de energía.
Críticos como el Frente Obrero han liderado manifestaciones exigiendo "Sánchez a prisión", argumentando que su gobierno perpetúa la corrupción sistémica y el clientelismo, con informes policiales confirmando irregularidades en su ascenso al poder.
Esta rebelión democrática resalta cómo Sánchez ha priorizado su supervivencia política sobre el bien común, llevando a España a un estancamiento presupuestario de tres años sin llamar a elecciones, lo que viola el principio básico de la redición de cuentas al pueblo.
La confluencia de las rebeliones antisanchistas subraya un agotamiento generalizado: Sánchez resiste, pero su gobierno minoritario y sus apoyos se desmoronan. Demócratas españoles, incluyendo intelectuales y ciudadanos independientes, ven en esto también un riesgo para la estabilidad europea, con España convertida en en país molesto y apestado por su corrupción y desprestigio.
La última jugada de Sánchez, la legalización de más de medio millón de inmigrantes ilegales ha sido interpretada por muchos como un recurso desesperado y corrupto para ganar las elecciones con votos comprados. Los críticos definen ese movimiento como un "pucherazo en diferido".
La presión para celebrar elecciones anticipadas crece, no solo por escándalos, sino por un fracaso en reformas sociales y económicas, donde el crecimiento se atribuye a factores externos mientras la desigualdad persiste. Esta insurrección, tanto interna como cívica, no es mera oposición; es pura defensa de la democracia contra un liderazgo corrupto y envilecido que prioriza el poder personal sobre la ética y la transparencia.
Francisco Rubiales