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China se propone como potencia civilizada frente al salvajismo de Trump



China Espera con paciencia que la actual guerra con Irán debilite seriamente a Estados Unidos. Sus analistas y estrategas así lo han previsto.

China quiere superar a Estados Unidos como potencia mundial influyente y pretende hacerlo apelando a la paz, al comercio libre y al desarrollo tecnológico, en contraposición a los Estados Unidos de Trump, que proyectan una imagen cada día más belicosa, salvaje y furiosamente intervencionista.

La baza fuerte de Estados Unidos es que está eliminando a los tiranos asesinos y a sus regímenes totalitarios o autocráticos, como ha hecho en Venezuela y se propone hacer en Irán y Cuba, algo que China no puede hacer porque su régimen es una dictadura férrea y totalitaria, controlada por el Partido Comunista Chino.

En el pasado, el poder de Estados Unidos era hegemónico e indiscutible porque representaba la democracia y la libertad frente a las dictaduras y autocracias comunistas y porque estaba sustentado por la poderosa Alianza Atlántica, que unía a Washington con la Europa de las libertades, pero con Trump esas alianzas y estrategias están en crisis.

El mundo será testigo en los próximos años del duelo continuo entre los dos países más poderosos del mundo, Estados Unidos y China, y esa lucha marcará la política y la economía mundial.
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Dos países, dos modelos en pugna por la hegemonia mundial
Mientras el mundo arde y se extienden por la pradera geopolítica los incendios que azuza el inquilino de la Casa Blanca, Donald Trump, China se ofrece como un islote de estabilidad a largo plazo, como un gigante industrial centrado en el desarrollo económico, el crecimiento predecible y los avances tecnológicos.

China quiere ser la alternativa a la inestabilidad global y a los ataques a países soberanos: “Nos opondremos con firmeza al hegemonismo y las políticas de poder y defenderemos la justicia internacional”, ha proclamado el primer ministro chino, Li Qiang, durante la inauguración de la Asamblea Nacional Popular.

Pero China tiene un problema clave que le resta potencia y atractivo: su autoritarismo agudo y su desprecio por las libertades y derechos ciudadanos. Todos los amigos de Beijing son totalitarios o aprendices de tiranos, como el español Pedro Sánchez, que ha convertido a su país en el "Caballo de Troya" de China en la Unión Europea.

En un contexto donde las acciones unilaterales de Washington —desde aranceles masivos hasta intervenciones militares que desestabilizan regiones enteras— han erosionado la confianza en el liderazgo estadounidense, Pekín proyecta una multipolaridad civilizada y ordenada.

Mientras Trump improvisa con amenazas y alianzas volátiles, China apuesta por un crecimiento sostenido (aunque moderado), cadenas de suministro y una diplomacia que prioriza el diálogo sobre la coerción. Esta postura responde a un cálculo estratégico que busca capitalizar el desgaste de la hegemonía norteamericana atrayéndose a países temerosos del hegemonismo agresivo y aliados desencantados que buscan par y orden en lugar de caos.

El contraste es brutal y revelador. Donde Estados Unidos ofrece fuegos artificiales de confrontación y sanciones impredecibles, China responde con la promesa de un mundo multipolar igualitario, donde la soberanía no se negocia bajo amenaza de bombas o bloqueos económicos.

Si el “America First” de Trump termina traduciéndose en aislamiento y desconfianza global, el modelo chino —con sus limitaciones autoritarias y opacidades incluidas— podría consolidarse como la opción pragmática para naciones que temen al gendarme rubio de Washington y que priorizan el desarrollo sobre la ideología.

Los enemigos de Trump afirman que el matón no puede tratar a golpes a todo el mundo, mientras que sus partidarios aducen que para tener paz hay que luchar antes contra el terrorismo y los dictadores criminales y que lo demás es populismo barato y pacifismo hipócrita.

El éxito de la alternativa china reside en ver los resultados de las intervenciones de Trump en Venezuela, Irán y Cuba, y de comprobar también si Pekín logra convertir su estabilidad interna en influencia externa duradera.

Por ahora, el incendio trumpista consume lo que queda de credibilidad occidental.

Muchos en el planeta dudan ya si les conviene o no acercarse a Pekín. Uno de ellos es el español Sánchez, pero hoy muchos, incluso en la democrática Unión Europea, que calibran ya la opción china.

El tablero geopolítico ya no admite neutrales: o se elige el fuego de Trump o el islote chino.

Francisco Rubiales

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Sábado, 14 de Marzo 2026
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